Maracaibo, Venezuela -

Tinta Libre

Las viejas salas de cine, historias más allá de las películas

Las salas de cine que se fueron con el siglo XX forman ese repertorio de lugares para atesorar dentro los más nostálgicos recuerdos. Ahora, convertidas en iglesias, en ventas de repuestos o simplemente en escombros, dan cuenta de la Maracaibo que pudo haber sido

viernes 16/03/2018
4:24 PM
  • María José Túa

  • @majotua

  • Archivo

Lo de Maracaibo y el cine parecía un romance nacido en 1895 y que, con el pasar de los años, se fue cultivando. De hecho, en la década de 1950, estos dos se enseriaron y el beneficio fue para un tropel de cinéfilos, quienes jamás imaginaron que la dicha de sus vidas iba a quedarse encerrada junto con el polvo y las alimañas de unas salas abandonadas en la actualidad.

Para 1952, Maracaibo contaba con 45 salas de cine, cifra respetable para una ciudad de tan solo 235 mil habitantes, de los cuales, hasta 10 mil 860 vieron la película mexicana Pepita Jiménez.

En aquellos años de blanco y negro, de Seguridad Nacional y dictadura, de un país que se levantaba entre modernas construcciones y se desmoronaba de miedo al mismo tiempo, en el Cine del Lago de la avenida El Milagro se proyectaba Un tranvía llamado Deseo antes de la función de boxeo de los sábados por la noche.

Los hombres enfluxados y las mujeres con sus vestidos de modista se arrellanaban en sus asientos para disfrutar del espectáculo. Todo era glamour hasta que subía la marea y en el Cine del Lago los sentados en la primera fila se mojaban los pies y los ruedos de sus trajes.

Vamos al cine

Sin embargo, como otra de las vorágines que han sacudido al mundo, el cine fue volviéndose cotidiano y accesible. Llegó un momento en el que ya no era indispensable vestir «estrenos», pues cada vez se abrían más cinemas en las diferentes barriadas de la ciudad, y la pompa se fue quedando para el Victoria y el Baralt.

En 1956, los espectadores de cintas de Cecil B. DeMille y Elia Kasan quedaron huérfanos por la demolición del teatro El Alcázar, el cual fue inaugurado como una sala exclusiva de cine en 1921. A finales de los 50 su hermosa arquitectura Art Nouveau fue derribada en la esquina sudeste de la plaza Bolívar, donde hoy yacen las oficinas de la alcaldía de Maracaibo.

Años más tarde, mientras Teodoro Petkoff era arrestado por tercera vez y Armstrong pirueteaba en la luna, a quienes iban a ver Midnight Cowboy no les molestaban que los zapatos se les pegaran al piso por los chicles engomados en el suelo de los teatros Ávila y Metro. Tampoco importaba el crujido de las cáscaras de maní cuando la gente las pisoteaba al entrar o salir de la sala con tal de ver a Jon Voight.

Así mismo, quienes compraban la revista Vamos al cine en la librería Universal Book Shop leían las sinopsis de muchas de las películas que pasaban en el cine Altamira de la avenida 18. En 1976, en aquel edificio arquitectónicamente inestable reprodujeron Barry Lyndon, de Stanley Kubrick. En una de las proyecciones, sólo tres espectadores se reclinaban en la comodidad de las butacas rojas y aterciopeladas, y en el intermedio de esa película de tres horas, los glotones solían volver al lobby marrón y beige del cine para recargar refrescos y chucherías.

 

 

Luego, cuando se celebraba el primer festival de la Orquídea en la Plaza de Toros de Maracaibo, en el Landia de Bella Vista estrenaban ET el extraterrestre. Para los espectadores regulares de esta sala larga e inclinada era una fija toparse con largas colas en el pasillo principal. Quienes entraban al Landia, pagaban de cinco a ocho bolívares por disfrutar del Sensurround que hacía vibrar las butacas en filmes como Terremoto.

Cuentos inmorales más «Alexander y Fanny»

1990. La Unión estrenó el que sería su éxito más célebre, Lobo hombre en París, pero en Maracaibo, cada noche del comienzo de esa década no parecía tener amanecer para el cine París. A aquella sala sólo llegaban a pie quienes no tenían carro, pues ningún transporte público pasaba cerca de esa parte del barrio Cerros de Marín. Su interior estaba alfombrado de rojo bermellón; su aspecto evocaba los años 50 en las marquesinas de los carteles del pasillo, que iba desde la entrada del cine hasta la sala.

Quizás lo más memorable del cine París fueron sus martes clásicos y las proyecciones de filmes fuera del circuito comercial como Contes Immoraux de Walerian Borowczyk; un tipo de cine erótico muy duro que provocó varias sensaciones en los espectadores en esa función. Conforme rodaba la película se oían risas nerviosas y movimientos bruscos en las butacas. Hasta que al final varios salieron raudos y encendidos del París.

Tras el cierre de esta sala a mediados de los 90, los martes clásicos siguieron, pero a medianoche, en el cine La Paragua, donde a veces había desatinos en sus proyecciones, como cuando aquella vez que terminaba una parte de Fanny y Alexander, de Ingmar Bergman y el proyeccionista puso el rollo que no correspondía con la secuencia del director. Tras ese cambio, muchos exclamaron al salir de la sala —sin haber entendido nada— «¡Qué arrecho es Bergman!».

En paralelo, se estrenaban películas muy taquilleras en el teatro Roxy del centro comercial Villa Inés. Este cine podía acomodar a unas setecientas personas en sus incómodas butacas azules. En el hall estaba la venta de golosinas, sin embargo, la gente las compraba en una de las tiendas del centro comercial porque eran más baratas.

 

 

El techo de la entrada del Roxy estaba adornado con unas esculturas parecidas a las nubes del aula magna de la UCV y las puertas del teatro eran corredizas de madera.

Cuando los fanáticos de Batman fueron al Altamira a ver la versión de Tim Burton disfrazados como el hombre murciélago, en el Roxy la gente abarrotó la sala para ver Mujeres al borde de un ataque de nervios. Esa noche, no había ni por dónde caminar. Los espectadores se echaron en el suelo al ya no haber butacas. Pero cuando Pepa decidió hacer su vida sin Iván, en la sala sólo quedaban seis personas.

El último acto de las viejas salas

Maracaibo ha llegado a tener 107 salas de cine. Unas desaparecieron en la década de 1950, otras en los 70, y las últimas resistieron hasta los 90 e inicios del siglo XXI. En 2014, y como bien lo sentenció en un reportaje sobre estas salas el periodista zuliano Abraham Corona: «Las que no son iglesias de Dios son templos del olvido», o son talleres y ventas de repuestos donde, de paso, ni se halla lo que se busca. Incluso, los fantasmas del Roxy ahora danzan desnudos para la comunidad gay marabina.

Cuando se estrenaron los cines Las Tejas, 5 de julio y La Paragua, la gente los prefería porque además de ver una película, había dónde cenar después de la función, o dónde comprar cualquier otra cosa sin ir más lejos, pues estaban en centros comerciales pequeños de la ciudad. Sin embargo, el certificado de defunción de las viejas salas se firmó cuando llegaron las multisalas de los centros comerciales Galerías Mall, Doral Center, Lago Mall y Sambil a mediados de los 90 e inicios del nuevo siglo.

Pronto, la comodidad de estacionamientos más amplios y del aire acondicionado integral de los malls le ganó a lo que ofrecían los centros comerciales abiertos. En las multisalas exponen más de diez películas proyectadas en simultáneo y con toda la tecnología del nuevo milenio. El cambio de las viejas salas por las franquicias de Cines Unidos y Cinex tuvo que ver con el nuevo comportamiento de la audiencia, pues cada vez hay más espectadores en el cine comercial.

Pero como toda maquinaria comercializadora, estas salas no ofrecen muchas de las maravillas que los cines París y La Paragua sí regalaban: martes clásicos y cine de autor. Las películas de poco reconocimiento se volvieron una búsqueda personal para los verdaderos cinéfilos, quienes cada vez hacen de su experiencia una más solitaria frente a sus televisores y computadores, salvo los esporádicos ciclos en el Lía Bermúdez, o los jueves de Cíngaro donde con un videobeam proyectan filmes como Ninfomaníaca, de Lars Von Trier.

La sociedad evoluciona, pero las almas añejadas están condenadas a extrañar eso que fue. Lo que quizás envejece más el espíritu de quienes en su juventud pernoctaban en estas salas es el desgaste de la arquitectura de su ciudad. Basta ver los restos del cine Paramount en Los Haticos para convencerse de que Maracaibo es lo que quedó.

 

 

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El  presente reprotaje pertenece a la decimosexta edición de la revista cultural Tinta Libre, publicada el 3 de marzo de 2017.

 

 

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