Maracaibo, Venezuela -

Tinta Libre

La Hoyada, el pozo de los recreos

Muchos de nuestros patrimonios tienen un mismo patrón: están construidos para alzarse verticalmente: Edificios, estatuas, vías...… Empero, existen muchos espacios en la ciudad que se salen del molde, de lo común. La Hoyada, que socava la tierra, es parte de esos espacios poco conocidos para las nuevas generaciones en la ciudad que tienen un valor histórico y cultural para el estado. Este es el segundo relato que pertenece a nuestra serie sobre los sitios más simbólicos de Maracaibo.

lunes 19/03/2018
4:49 PM
  • Héctor Daniel Brito

  • @betonchobrito

  • Luzardo Ebratt

En el cenit de una tarde de la Maracaibo cincuentona (siglo XIX), a lo lejos, se escuchan los pasos de decenas de pollinos cargados de cantimploras. Bella Vista es la testigo de un vaivén de burros que son dirigidos por aguadores, personas encargadas de llenar sus garrafas en un acueducto.

Con el movimiento de los cascos de los burros, el agua se inquieta en los envases mientras los aguadores bajan unos escalones cortos que les permiten sumergir los pies hasta poder inclinarse y atiborrar sus tinajas.

A partir de allí, cada uno vende los envases llenos a 5 céntimos de bolívar. Un precio que están dispuestos a pagar los habitantes cuando escuchan la frase «llevo el agua e la playa, muchacho, el agua e la playa, un burro de agua e la playa».

La Hoyada

Bella Vista se movía al ritmo del siglo antepasado, con pasos acelerados. En 1885 un gran pozo se asentaba en aquel sector populoso de Maracaibo. Era redondo y parecía no tener fin, quizá esta impresión se daba porque el agua fluía desde su seno.

Fue en 1879 que se ideó esta alternativa para que el agua potable llegara a los hogares de muchos habitantes de la capital zuliana. En esos momentos, el nombre del «primer intento de edificar un acueducto», y patrimonio del estado Zulia, estuvo vinculado al barbudo y autócrata ilustrado Antonio Guzmán Blanco, denominándolo «El acueducto de Guzmán». Sin embargo, la gente lo rebautizó como La Hoyada.

Son aproximadamente 10 metros bajo el nivel de la calle que bordea a La Hoyada. Afuera, quienes se asoman curiosos para ver la estructura, se sorprenden con la singularidad que tiene el primer intento de acueducto de la ciudad.

 

Las aguas cedieron y la intentona potable se convirtió en un gran punto cóncavo en plena Bella Vista. Más tarde, el proyecto de construir un colegio al lado de La Hoyada sonó un poco extraño en esos momentos por tratarse de ideas tan distintas encaradas en un mismo lugar.

Con ese pronóstico, el Colegio La Merced, fundado el 11 de Septiembre de 1953, finalmente bordeó aquel hueco hondo y rojizo, y ahora ambos se pertenecían; debían hacer algo.

En el fondo de La Hoyada, los escombros, el granzón, las mallas y el cemento le quitaron ese perfecto ángulo curvo que caracterizaba aquella construcción. Desde luego, el propósito de la institución fue usar esos espacios para levantar una cancha deportiva, un escenario para eventos culturales y una cantina.

 

Recreos en La Merced

La edificación gris del Colegio La Merced, frente a la iglesia Las Mercedes, no da muchas pistas de lo que esconde esa zona, salvo que estemos desde un punto alto.

En la recepción del colegio, Ana Ríos nos recibe en una mañana atípica en Maracaibo. Llueve. Ella fue alumna de esta institución, y, por eso, enseguida surge una conversación en la que cuenta cómo era La Hoyada para su generación cuando funcionaba como un patio recreativo. «Los villancicos, las galas gimnásticas y los bailes son las cosas que más recuerdo. Todos amábamos bajar hasta La Hoyada».Trae al presente esos días cuando bajaba corriendo durante los recreos y no olvida tampoco aquellos en los que el agua ascendía hasta mojar el piso y debían jugar arriba: «aburridos».

Al entrar en el colegio, algunos pasillos y puertas nos llevan hasta unas rejas; empezamos a inclinarnos por unas escaleras que tienen el mismo diseño de las paredes: piedras pegadas a otras, de color marrón rojizo, desiguales en cuanto a textura, tamaños y formas. Da la impresión de que estamos entrando a un castillo.

A nuestro lado está la subdirectora de la institución, Ada Durán, quien nos encamina hacia aquel singular patrimonio de la ciudad. Estar en medio del él nos hace pensar que ya no es un castillo, sino, más bien, un coliseo. Un montón de piedras lisas crearon un perfecto espacio redondo; a los lados se ven las instalaciones del colegio y, de hecho, allí están sus bases. El ruido de los carros nos hace extrañar cómo es que la calle está tan arriba de nosotros, mientras uno de los edificios más altos de la zona se hace interminable a la vista desde esa perspectiva.

Doy por hecho que la lluvia es la que mojó la superficie, pero me extraña el moho del piso. Comentó: «Llovió tan poco y ya el piso está verde». La subdirectora me responde: «No es la lluvia, es el agua que aún brota desde abajo».

William Flores, jefe del mantenimiento, complementa esta explicación: unas bombas son las que permiten su curso hacia los ductos de aguas servidas, ya que La Hoyada, como reserva, tuvo la característica de funcionar solo por tres años, pues su agua no contaba con la potabilidad requerida para ser consumida.
Así, este patrimonio se convirtió en uno de esos intentos de la ciudad que ahora tienen una historia más rica que contar. Una de las ciudades más particulares de Venezuela muestra un rincón de su historia, lo que reafirma la premisa anterior.

El Colegio La Merced tiene como meta rescatar a La Hoyada, pues las filtraciones han deteriorado el piso y el acceso se encuentra restringido por seguridad.

 


El  presente reportaje pertenece a la vigesimoprimera edición de la revista cultural Tinta Libre, publicada el 26 de mayo de 2017.

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