Maracaibo, Venezuela -

Tinta Libre

Iconografías en claroscuro: Doña Bárbara

La sola mención de la «Devoradora de hombres» activa campos semánticos enlazados con la dominancia, la barbarie y los llanos. Ya no solo como un ícono interno, representa un arquetipo de mujer antepuesto a los viejos preceptos

lunes 09/07/2018
3:45 PM
  • Mary Cruz Finol

  • @cruzdesaman

  • Andrea Phillips (Diseño)

 

«Bárbara avanzó hasta reunírsele, y después de haber echado una rápida mirada al cadáver del espaldero, como a cosa sin importancia, la fijó en aquel, que solo atendía a la operación que ejecutaban sus manos. Aquella mirada expresaba estupor y admiración a la vez. La nueva faz imprevista de la personalidad del hombre deseado, revolvía y mezclaba en un solo sentimiento monstruoso todo lo que en ella pudiera haber de amor y de anhelos de bien».

La temible doña Bárbara

1929. Dictadura gomecista. Se acrecentaba el fenómeno histórico del éxodo de los habitantes de las zonas rurales a las urbes de Venezuela cuando se gestó una de las figuras femeninas más famosas de la novelística nacional.

El personaje de Doña Bárbara se presentó como una jerarca de las planicies apureñas, convocada por la bestialidad característica de la época y que Gallegos olfateaba entonces: «Instintivamente perseguí el símbolo, y apareció con toda su fuerza la protagonista. No era aquello intencional, pero sí intuitivo. Y a eso puede quizá atribuirse el buen éxito: a la humanidad que hay en el mismo hecho extraordinario».

Guaricha nacida en las entrañas amazónicas, fue «fruto engendrado por la violencia del blanco aventurero en la sombría sensualidad de la india». Sobreviviente de la crueldad insaciable de piratas, doma varones y caballos con fuete e insensibilidad. Tumba y castra toros en la sabana como cualquier jinete. Desentendida de matices maternales, los conflictos morales escapan de sus preocupaciones a la hora de saciar pasiones y ambiciones; pues si la compra de conciencias no surte efecto, delega a espalderos y verdugos para aniquilar a sus adversarios. Y en medio del discurso dicotómico entre la barbarie y la civilización –Doña Bárbara vs. Santos Luzardo–, se despliegan brisas nigrománticas del Camajay-Minare, deidad de la selva orinoqueña a la que reza Barbarita y de quien se vale para rodar rumores sobre maléficos poderes.

La cacica del Arauca, como también la apodaban los subyugados bajo su cacicazgo caudillo, se niega a bajar sombrero y cabeza, manda a hombres y mujeres, y poco a poco extiende su imperio en los latifundios, en los hatos, en el confín del llano árido, verde y misterioso.

Las diversas adaptaciones de consumo masivo, como aquella primera película de 1943, dirigido por Fernando de Fuentes y encarnado por la entrañable actriz María Félix, o las reinventadas telenovelas peruanas, venezolanas, mexicanas y colombianas, marcaron su inmersión en la cultura Latinoamericana y un paradigma vanguardista.

Transmutó en el tiempo a través de distintos rostros y se asentó junto a otras irreverentes, reales o ficcionales, como Sor Juana Inés de la Cruz, Simone de Beauvoir o Emma Bovary. Lejos de aplaudir o adversar su praxis, Doña Bárbara desfila a un afligido ser humano de gran belleza que emergió para jamás volver a ceder y ganó al poderío patriarcal siempre adorado o temido por la «inferioridad natural de la mujer», como diría Tama Starr. Esbozó un ideal imaginario de la liberación anhelada, pero jamás dicho de mujeres que no querían seguir siendo hembras, incubadoras o madres, demostrando que ellas podían aspirar al poder, al libre albedrío, a ser más de lo que no les habían permitido ser.

Antagonista en una historia de corrupciones, triunfadora en un mundo de hombres. Bárbara, de una u otra manera, es un ícono de rebeldía.

 

 


 

 

El presente reportaje pertenece sección de Iconografías en claroscuro de la 42.a edición de la revista cultural Tinta Libre, publicada el 22 de junio de 2018.

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