Maracaibo, Venezuela -

Tinta Libre

Explotación, reclamos y azules de la Costa Oriental

Las memorias y méritos de la maestra Laura Cardozo de Áñez se condensan en un relato vivencial de esta habitante de Los Puertos de Altagracia sobre la Zulianidad de la Costa Oriental del Lago.

viernes 16/03/2018
12:02 PM
  • María José Túa

  • @majotua

  • Nil PetiT

Con la presencia de un vehículo extraño, las rejas se abren y apenas se nota a quienes se asoman para ver quién llega. Solo se puede ver en medio de la avenida dos a la maestra Laura Cardozo de Áñez. Se presenta con su experiencia en la educación y con su trabajo cultural de larga data antes de abrir las puertas de la mansión de arquitectura tradicional que vio nacer al muralista de Los Puertos de Altagracia, Gabriel Bracho.

«¿Dónde queda el museo Gabriel Bracho?», es la pregunta que antes nos enrumbó hacia un periplo por el casco fundacional de «Los Puertos». No hay exactitud en la dirección que da, en principio, un soldador. En la plaza Miranda, gente con libros bajo el brazo; ancianos sentados en los bancos; mozos con mangas largas; vendedores ambulantes en cholas y motorizados a la caza de un parrillero andan sin mezclarse, pero en un mismo ir y venir: el de hacer vida en esta ciudad.

La Casa de la Cultura, la de los cañones… unos tantos tropiezos por las sombreadas calles y por fin una placa conmemorativa de la Casa Museo Gabriel Bracho se hace presente.
«Bracho me ha conservado la memoria», dice Cardozo con sus 86 años muy en cuenta. Ella se hizo amiga del pintor con quince años hasta la muerte del artista. Lo conocía desde antes, pues eran vecinos cercanos. La amistad y familiaridad los hicieron estrechar un lazo aún más trascendente: el cuido y permanencia de este museo, de puertas abiertas a la divulgación de la musa más importante de Gabriel Bracho: Los Puertos de Altagracia.

Solamente con estarse frente al mural «Los Puertos y el petróleo» (1985) que reposa a la postre de la gran casa Bracho, puede interpretarse el gran aporte de la Costa Oriental del Lago a la Zulianidad. «Este pueblo es histórico», asegura Cardozo. Y puede decirlo con propiedad: ella es parte del patrimonio inmaterial de la zona. Por muchas razones, las calles llevan los nombres de héroes republicanos. La imaginación vuela al tratar de notar estos caminos, casas y esquinas en plena Batalla Naval del Lago y se rebuscan en el asfalto las huellas de Ana María Campos en franca resistencia del «Capitula o monda».

La otra orilla
Los Puertos de Altagracia, históricamente, ha sabido acoger todo y a todos cuantos el lago ha traído hasta sus orillas. La maestra Laura cuenta que Bracho pintaba en la playa y traía personas de todos lados para que vieran los tonos y sintieran las sensaciones de su tierra. Así es como esta ha recibido con solícito, pero nunca ha sabido dejar ir. Lo que traen las olas ha de quedarse de este lado de la gran masa de agua, pues un caudal de lágrimas despide a quienes se van, como lo confirma la maestra cuando evoca el recuerdo del día en el que el pintor se fue de su casa natal en busca de lo que el arte y el comunismo le ofrecían para expandir sus ideales en la ciudad capital.

Estar al otro lado de la metrópolis ha hecho a sus habitantes, literalmente, cruzar los estrechos de las limitaciones educativas, por ejemplo. Cardozo repite sin cesar que la herencia que deja a sus descendientes es la educación. Es lo propio de una persona que ha tenido más hijos que los naturales en las aulas de las escuelas por 34 años. «Enviudé hace más de 20 años, pero no me detuve». A quienes ella haya tocado con la magia de la formación han debido pasar largas horas desde el muelle viendo el resplandor del lago sobre las edificaciones de Maracaibo, que invitan a mover las ideas sobre el futuro y las capacidades de los hombres.

 

Gabriel Bracho fue un muralista y pintor impresionista, nacido en Los Puertos de Altagracia. Se concentró en la identidad de la Costa Oriental del Lago hasta ser considerado un artista realista y protestante, con una obra de tendencia socialista según la descripción de su discípulo, el artista plástico Ramón Rodríguez.

 

«El Puente le dio vida a la Costa Oriental». Ver desde este lado el levantamiento del gigante de concreto era la película diaria de los costa orientales durante cada año que tardó la construcción. El acceso más fácil y rápido de Maracaibo al resto del país por esta costa, y el de esta costa hasta la ciudad, significó el progreso que la generación de relevo de entonces necesitaba para «no quedarse como nosotros», como expresa la maestra para referirse a los ancianos de la época.

Así, los tentáculos de la familia Cardozo Áñez y la de otras tantas en «Los Puertos» han llegado hasta distintas poblaciones en las riveras del lago; en su superficie y hasta la urbe y las poblaciones hacia el norte y el sur: Paraguaipoa; El Moján; Cabimas; La Rita; El Benito; Boburitos y otros vecinos de «El Puntero» han recibido y se han mezclado con las costumbres de este pueblo de reventón petrolero y revolucionario de tantas ideas.

La novia de Bracho
Lágrimas luego de la partida del pintor a Caracas, el muralista vuelve con sus uñas, bragas y brochas embadurnadas de nuevos colores, correspondientes a los nuevos conocimientos; a las corrientes descubiertas; las ideas recién obtenidas y una novia probablemente caraqueña o probablemente valenciana.

Salir de la casa del impresionista y llegar a la playa solo implica cruzar media cuadra. Como suelen abrirse las rejas y esconderse las miradas hoy, aquel día estas estaban puestas en la foránea. Desde las casas, el muelle, la orilla de la playa y hasta en Maracaibo el asombro levantó arena, olas y escándalos cuando la «valequeña» se despojó de sus ropajes y se quedó cubierta solo con su traje de baño. Desnuda, prácticamente, para los lugareños.

Las influencias de David Alfaro Siqueiros y Diego Rivera no fueron la noticia sobre el regreso de Bracho. Sin embargo, la maestra Laura se divierte recordando cómo, poco tiempo después, la novedad venció la vergüenza y las altagracianas comenzaron a lucirse en bañadores.

«Hay dos cosas que un hombre nunca olvida: el rostro de la madre y el pueblo donde uno nace», mantienen escrito sobre una de las puertas de la casa natal de Bracho una pinceladas rojas. La vehemencia de los trazos; la dureza de los tonos; la energía retenida de los cuerpos y las escenas pintadas por él dejan ver que nunca olvidó su pueblo. La Batalla Naval del Lago; la explotación petrolera; los reclamos de Campos y los azules de su orilla plenan algo más que la paleta de este pintor. Sus ideas y causas sociales, la reivindicación de los hechos históricos, el costumbrismo popular, los rostros y formas de ser de la Costa Oriental están retenidas en su obra. La energía del mural «Los Puertos y el petróleo» tiene una presencia propia. Respira algo más que la humedad por el deterioro de la pared. Ahí mora la maestra Laura, Bracho y la historia viva de la Zulianidad, de su madre y el pueblo donde nació.


El presente reportaje pertenece a la décimo tercera edición de la revista cultural Tinta Libre, publicada el 20 de enero de 2017.

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