Maracaibo, Venezuela -

Tinta Libre

Desde el balcón del Victoria

Maracaibo estrenaba en 1940 un hotel único y moderno. Estrellas de la música y otros miles de visitantes se hospedaron en aquella estructura que nunca ha pasado inadvertida ante los ojos de quienes caminan por el centro de la ciudad. En el cuarto relato sobre los sitios emblemáticos de Maracaibo, nos alojaremos en el Hotel Victoria, una de las estructuras patrimoniales de la ciudad

viernes 04/08/2017
10:33 AM
  • POR HÉCTOR DANIEL BRITO

  • @versionfinal

  • FOTO: LUZARDO EBRATT

En una de las encrucijadas que bordean la histórica plaza Baralt, hay un callejón donde los vendedores ambulantes ofrecen productos al lado de una estructura revestida completamente de azul y blanco. Una edificación que nació a mitad del siglo XX para marcar un hito en la historia del Zulia: el Hotel Victoria.

El límite suroeste del centro histórico le pertenece a varias puertas de la farmacia Nueva Veracruz, que conforma la planta baja de esta edificación. Es una manzana, pero azul. Tres pisos se alzan colindando al norte con El Castillo de las Telas, al sur con el edificio Tito Abbo, al oeste con la plaza Baralt y, por consiguiente, con las estructuras del Mac Gregor y el Centro de Arte de Maracaibo Lía Bermúdez. Por último, al oeste se le acercan lugares muy conocidos de Maracaibo: Botica Nueva, Blue Book, la capilla Terciaria y el templo San Francisco de Asís. Todas estas son edificaciones por las cuales miles de personas han transitado por sus entrañas durante varias generaciones.
Por esas aceras, mientras hacen una larga cola, muchos releen sus récipes médicos para ver si tienen suerte en las farmacias de abajo. Son tantas las entradas que cuesta encontrar la indicada para ingresar al Victoria y, cuando damos con ella, al este, un negocio de bisuterías es el primero en ser visto. Es arriba; subimos quince escalones y abrimos una puerta que nos arroja un aire frío. Reconforta.

ANTIGÜEDADES DE ACETATO

A los lejos se escucha un bolero, pero es preferible entrar para buscar una habitación dentro del hotel. Después del check-in, hay que seguir subiendo escaleras, pero con el clima de la intemperie. En el hall, las paredes de ese piso están forradas con las portadas de los discos de José Luis Rodríguez «El Puma», Rocío Durcal, Camilo Sesto, Julio Iglesias y Raphael, por mencionar algunos.

Dentro, es más visible la sinergia arquitectónica colonial de esta ciudad, que abarca los siglos XVIII, XIX y comienzos del XX, pese a que el edificio fue construido en 1932 por José Gilberto Belloso e inaugurado en 1940 por Jacobo Javier. Ahora, las paredes esconden su vejez con pintura de aceite y las puertas de madera de las habitaciones están pintadas, en su mayoría, de rosado.

Varios artefactos, como máquinas de escribir y teletipos, se amontonan en la pared que separa al hotel de los espacios de la Plaza Baralt. Al otro lado, un televisor inmenso pantalla plana rompe con el tumulto de antigüedades. Solo algunas pinturas con marcos desgatados siguen una temática pretendida.

Catorce habitaciones abajo y veinte arriba, en el último piso, dan en total de treinta y cuatro. Solo el primer piso está disponible para el público a un módico precio medido por las cantidades de horas de estancia.

Se suben las escaleras balaustradas para seguir viendo el lugar. Aquellos cuartos de arriba están vacíos y en remodelación por recientes robos. Los espacios no gozan del brillo de la fachada y en el resto del edificio, en cambio, los colores crema parecen más opacados por la oscuridad que predomina en el sitio. Hay una última escalera que termina en una reja que da hacia la azotea y esta admite la entrada de la luz del sol; lo único que permite ventilar la zona.

Cuando los años pasaban, los aires acondicionados se cambiaron de lugar y aún los signos de esas modificaciones son palpables. Si se sigue por los pasillos, aquello parece un pedazo de laberinto ilustrado con más y más discos de acetato que nos conducen a las distintas habitaciones.

Cómo no curiosear con las habitaciones… si es el Hotel Victoria. Entramos en una de ellas y enseguida queremos asomarnos desde un balcón. De frente queda el Tito Abbo y quizá por un momento el sonido de las cuerdas del bolero, la vista al edificio y nuestras manos sobre el balcón nos hacen dudar si, de verdad, estamos en Maracaibo. No obstante, el contraste es una constante que se convierte en un cliché tan cierto como la multicultura marabina, pues abajo los puestos de mercado, muchos de ellos muy improvisados, se lían entre alguna multitud que se desespera por comprar e irse a sus casas; por eso, también seguimos aquí mentalmente.

Volteamos. Las paredes desgastadas y un clóset grande de puertas de madera sirve como nuestro hogar por unas horas. Si abrimos el armario, un papel tapiz rasgado evidencia los revestimientos por los que ha pasado el hotel desde sus inicios, en los que además ha tenido dueños y administradores de otras nacionalidades.

ARTE ALOJADO
Cautiva estar parado sobre esos balcones e imaginarse que Libertad Lamarque, Leo Marini o Alfredo Sadel se asomaron por ahí para tener una vista panorámica de «la Baralt» y el «Lía», con el propósito de curiosear nuestra ciudad tan ajena para ellos, sobre todo para los dos primeros dos.

El estilo opulento art decó —movimiento que comenzó su apogeo en 1920— fue inspirando cada espacio, geométricamente equitativo cubierto con un techo plano y pisos de granito, baldosas de cerámica y cemento coloreado.

El Hotel Victoria aloja en él la vanguardia de Maracaibo, la primera o pionera en el desarrollo turístico e industrial país. Cerca del malecón se pueden contar miles de historias de esta ciudad, pero al morar en su centro, los cuentos serán perennes.

Agregado
Con información del proyecto Inventario del patrimonio cultural del estado Zulia, de Fonacit
(Fundapatrimonio) de la Universidad del Zulia

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