Maracaibo, Venezuela -

Tinta Libre

Anotaciones de una charla no planificada

Resolvemos nuestro breve encuentro con un apretón de manos. Le comento que se me ha hecho difícil contactarlo y él le recrimina a sus contratiempos tecnológicos esa ausencia.

lunes 19/03/2018
4:55 PM
  • Édgar Quevedo Marín

  • @versionfinal

  • Luzardo Ebratt

Tan lejos no ha quedado ese pequeño campesino de Arenales de lo que es hoy en día. Sus más de 20 años de docencia y sus numerosos trabajos fotográficos le otorgan los galones necesarios para plantear sus posturas e ideales. Para Alejandro Vásquez, enseñar a través de la fotografía el día a día de los transeúntes que se relacionan entre sí es la mejor forma de mostrar lo real. Retratar el vivir del resto con su vivir, sus miedos, estados de ánimo y experiencias es, quizás, la incesante búsqueda en sus imágenes. Así como sus métodos, que le dan paso libre al estímulo y a la intuición.

Bajo al salón de entrevistas y lo veo ahí sentado mientras ojea el periódico.

Zapatillas negras, pantalón verde y barba medianamente arreglada grafican a este trujillano hippie desordenado, como se define. Más allá de ser un reconocido fotógrafo, él considera que es «lo último que hizo». «Creo que uno es lo último que hace: la última fotografía que tomó o el último trago de cocuy que se bebió mirando el lago», explica mientras se ríe. Si profundizáramos sobre su tarea profesional, es ideal destacar algunos de sus trabajos: El viaje de Néstor, el cual relata el segundo entierro guajiro de uno de sus compañeros, o Cañaverales, un extenso trabajo sobre el día a día de una comunidad de cañicultores y su labor en el campo. Además, también se ha permitido explorar mejor la fotografía con la realización del libro Seis fotógrafos, seis visiones.

Durante mi tiempo como estudiante, fui su alumno. Le pregunto por la universidad y es claro: «Cada vez más solitaria, sobre todo lo viernes. Cada vez parece menos una universidad». Sé el estado actual de la casa de estudios; él tampoco está exento de todos estos problemas.

Fotoperiodismo en la Venezuela del siglo XXI

Para él, el fotoperiodismo en Venezuela está en decadencia porque se ha dedicado a tomar partido. «Los modelos de representación están en crisis. Por ejemplo, la fotografía es un modelo de representación (…) Como periodistas, siempre hay que reflexionar y entender los contextos. Por estos días, con todo esto de las tecnologías de la información, cualquiera puede mostrar una realidad: desde la ama de casa que envía una fotografía hasta la persona que camina por una calle; hay una promiscuidad de imágenes increíble», me dice.

Seguimos charlando y recuerdo un documental interesante que vi en alguna de sus clases: La ciudad de los fotógrafos. Muestra, desde la mirada de reporteros gráficos chilenos, cómo se vivió la dictadura de Augusto Pinochet. Salvando las enormes diferencias, se me hace complicado no preguntarle al respecto. Y volvemos a los contextos, esos escenarios que arropan la vida de cada uno de nosotros. «Hay que buscar con pinzas para encontrar medios de comunicación equilibrados; no imparciales, porque no creo en eso de la imparcialidad (…). En el Chile de Pinochet, en otras circunstancias, los reporteros gráficos tenían convicciones propias; los diferentes partidos políticos (demócratas, comunistas, cristianos, movimientos indígenas), guerrillas y movimientos insurgentes… Todos estaban convencidos de su papel heroico contra la dictadura. En el plano venezolano no lo veo tan así», me comenta.

Conforme me cuenta de su afinidad por los documentales y trabajos del canal Actualidad RT, se muestra escéptico sobre el papel de los medios de comunicación y de los referentes periodísticos: «Cuesta encontrar un referente, un periodista intachable que no sirva a los intereses de un partido político; intuyo que el fotoperiodismo trata de vivir de forma equilibrada, intuyo… pero no sé si se así. Yo puedo no coincidir con varios puntos de vista, pero lo que sí cuestiono es la desinformación, porque es sinónimo de fanatismo e intolerancia».

A sus 60 años, Vásquez disfruta de las cosas que lo hacen feliz: la fotografía y la escritura. De esos ratos de docencia en la escuela Julio Vengoechea o de una cerveza bien fría en Palmarejo.

Confiesa que su deseo es estar trabajando constantemente; incluso, se permite compartir sus fotos a través de Instagram, pero sí, esa maltrecha pantalla táctil de su celular pausa su avance. Por ahora, tiene en mente un proyecto de fotografía autobiográfico; pese a tener material, me dice que es «infiel y consecuente» porque siempre busca una excusa para no realizarlo.

Nuestro encuentro se acaba y en mi cabeza queda rondando una de sus frases: «Podéis hacer lo que te dé la gana, pero tenéis que tener un plan que te ayude a ejecutar eso que queréis hacer; la pasión forma parte de tu trabajo, pero no lo es todo. Es la chispita». Aunque trillada, tal afirmación es tan segura como sus venideras fotografías de las calles marabinas.

 


El  presente reportaje pertenece a la vigesimoprimera edición de la revista cultural Tinta Libre, publicada el 26 de mayo de 2017.

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