Maracaibo, Venezuela -

Colaboraciones

La vida feroz de Héctor Torres

lunes 07/05/2018
1:55 PM
  • Jorge Gómez Jiménez

  • @versionfinal

  • Elisa Cardona

En los últimos años Venezuela ha visto cómo se ha acelerado la partida de sus hijos, atosigados por la violencia, la inseguridad, la inflación sin control, la corrupción y la absoluta certeza de que lo único que florece en el país son los obstáculos para una salida política a la crisis. Ahora bien, ¿qué ocurre con los que, bien sea por decisión o por la imposibilidad material de irse, se quedan? ¿Cómo lidian con un país que cada vez se parece menos al albergue de la esperanza?

Si en Caracas muerde Héctor Torres delineó el perfil de una ciudad caótica pero, y quizás por lo mismo, rica en historias, y en «Objetos no declarados» quiso extender su mirada un poco más allá para tratar de fotografiar un momento en una idiosincrasia que está siendo vapuleada por las circunstancias, en La vida feroz el hilo conductor es la supervivencia de la esperanza contra todo pronóstico.

Recuerdo que cuando terminé de leer Caracas muerde le comenté a Héctor que este libro se lee como una novela de terror. Hay capítulos sobrecogedores, aunque obviamente es posible que esto sea así solo para quienes vivimos dentro de la realidad retratada en sus páginas. Ahora, como cierre de su trilogía sobre Caracas, y más, sobre la Venezuela contemporánea, Héctor nos sienta frente a una especie de desconsolada esperanza y nos hace sentir aludidos cuando, desde su dedicatoria, declara que su libro es para quienes «no se creen del todo la palabra derrota».

La vida feroz conserva la estructura de crónicas breves, de no más de seis páginas, de los dos títulos anteriores. Son veintiocho textos que muestran cómo se cruzan —y con esto quiero decir que chocan entre sí— las vidas de los héroes y villanos que pueblan la ciudad y que permanecen en una lucha, las más de las veces inadvertida, por la supervivencia.
«A veces la gente ni sabe contra qué lucha», dice Héctor en la introducción. «En ocasiones ni siquiera se percata de que lo hace. No se ha detenido a pensar en ello y se levanta todas las mañanas a hacer lo de siempre. Precisamente: luchar, pero como nació haciéndolo, no lo ve de esa manera».

Una banda de malandros adolescentes que adopta como mascota a un zamuro, la variedad venezolana del buitre. El gigante pacífico pero adusto que pronto se revela como una máquina de puños dispuesta para el restablecimiento del orden. La joven que tiene que aprender a vivir con la grave disfunción cardiovascular de su pequeña hija, en un país donde la medicina retrocedió a niveles medievales. La chica ciega que deslumbra a la ciudad con su belleza y su negativa a sucumbir. La ciclista que regresa de un coma que tuvo a su familia en vilo durante tres semanas.

La vida feroz es un gran retrato de la cotidianidad caraqueña sobre el fondo de una conflictividad política nacida de la construcción compulsiva de coartadas a que se dedica un gobierno corrupto y criminal. Y a través de estas historias que nos parecerían de novela negra si no fuera porque sabemos que son reales y cotidianas, una sonrisa, un pequeño triunfo, un gesto protector, una mano solidaria se cuelan para indicarnos que no todo está perdido, que el juego es rudo pero, como también dice Héctor en la introducción, «nada nos debe quitar las ganas de jugarlo».

 


 

El presente artículo pertenece a la sección  «Autores ya desaparecidos» de la decimoctava edición de la revista cultural Tinta Libre, publicada el 31 de marzo de 2017.

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