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La ruta del pedófilo

Sánchez Latorre, alias el “Lobo feroz”, no solo se refugió bajo su techo por más de 90 días, también compartió un vínculo amoroso con su única hija Mariana, de 25 años. Juan Carlos era para ese entonces transcriptor de textos y laboraba en un ciber. Cerca del instituto estaba el local desde el cual, posiblemente, operaba el especialista en informática

Él era asesor de tesis. Mi hija lo conoció en los pasillos de la universidad. Él trabajaba en un local cercano. Ella ya se graduó de comunicadora social.

Cuando a Luis Querales, de 52 años, le mencionaron que en su apartamento, durante un período de más de tres meses, vivió Juan Carlos Sánchez Latorre, un tecnólogo en Sistemas que cargaba sobre sus hombros un alerta roja de Interpol por denuncias de violación en contra de unos 500 niños colombianos, su gesto fue amargo.

El hombre de 1.60 metros de estatura, contextura fornida, piel blanca y cabello cenizo, estiró las cejas hasta que casi se juntaron con las líneas de expresión de su frente. Tensó los labios. Estaba incrédulo.

Sánchez Latorre, alias el “Lobo feroz”, no solo se refugió bajo su techo por más de 90 días, también compartió un vínculo amoroso con su única hija Mariana, de 25 años. Juan Carlos era para ese entonces transcriptor de textos y laboraba en un ciber. Cerca del instituto estaba el local desde el cual, posiblemente, operaba el especialista en informática.

La pareja residió en el hogar, conformado por madre, padre e hija, en el edificio Santa Lucía, conjunto residencial Terrazas de Maracaibo, cerca de la Circunvalación 2.

Las huellas del depredador marcaron un camino de recurrencia. El tecnólogo solía enviar, desde los ciber de Barranquilla, correos con videos de sus abusos sexuales contra niños y niñas desde 3 a 14 años.

Querales asegura que el colombiano también laboró en un local público donde se ofrece acceso a Internet, en el casco central de la ciudad.

El negocio era propiedad de un compadre, a quien Juan Carlos le habría bautizado dos hijos en la fe católica, según lo que esbozaría el mismo “Lobo feroz” a su suegro. A Zoraida, la conserje de uno de los cinco departamentos del complejo, y quien fuera una cercana amiga durante su estadía allí, le comentó que ese local también era de su propiedad, pero se vio obligado a cerrarlo por la precaria situación del país.

El relato del pedófilo con su familia temporal fue bastante preciso. Luego del fracaso de su negocio, quedó como encargado de otro ciber ubicado en el sector San Rafael. “De allí salió porque hasta le ofrecieron golpes, supuestamente por mala paga”, narró.

El cazador de menores llegó a alojarse en una residencia del barrio La Mano de Dios, también cercano a la Circunvalación 2. Cuando conoció a Mariana, una joven inocente según los vecinos, ese fue su pase libre para una nueva base de operaciones.

El depredador no podía dejar de lado su apetito criminal. El desespero por recuperar su rutina lo hizo confiarse. A Luis, su instinto paternal, no le falló. Fue suspicaz.

Era como un niñito, siempre tenía que recogerle la ropa y mandarlo a bañarse, a veces hasta pasaba dos días sin ducharse”, recuerda Querales. El punto de quiebre de la relación con su yerno decantó en una sucesión de abusos.

Las sospechas comenzaron cuando encontró la cédula con la segunda identidad del violador: Danilo Gutiérrez. Luego lo atrapó en flagrancia varias veces falsificando cartas de recomendación y otros documentos para adquirir diferentes cuentas de banco. Querales le exigió inicialmente acabar con las irregularidades. Su paciencia se desbordó una noche de mayo del pasado año. Mariana no llegó a casa y ella no solía dormir fuera de su hogar. Ahí se decidió a echarlo.

“A ellos les gustaban los anime. Se habían escapado a un evento de esos muñequitos chinos sin decirle a nadie. Lo boté y a los días lo acepté de nuevo”. Pero Juan Carlos reincidía en sus vicios, así que lo sacó de su hogar y le prohibió a Mariana cualquier tipo de comunicación con él.

El padre recuerda con tranquilidad que su hija ya no desea ni siquiera oír el nombre de Danilo, a quien le resultó sencilla la conquista porque estudió a su compañera. Eligió a alguien con gustos similares y malicia limitada.

El “Lobo feroz”, luego de que le cerraran las puertas, apostó por la sensibilidad de quienes lo creían inofensivo y ganó en la batalla de identidades. Otros trabajadores del conjunto residencial le permitieron dormir un par de días en la azotea de uno de los edificios del complejo. Después lo recomendaron para que trabajara como vigilante nocturno del lugar y con el tiempo logró asilo en la habitación que alquiló en Cumbres de Maracaibo.

Como celador, su conducta era otra. Danilo era “educado, amable y servicial. Vestía de clase media, pero nunca desaliñado, más bien buenmozo, y hasta se expresaba muy bien. Yo nunca lo vi mirando niños”, cuenta Zoraida, con 25 años de servicio en la conserjería del conjunto residencial. Tal vez por esa razón logró envolver a la joven Mariana, presume la mujer que en sus diarias y duraderas tertulias con Sánchez Latorre, guarda el mejor recuerdo de la bestia insaciable que disfrutaba de violar y torturar niños. Una cara que ella nunca, para su suerte, conoció.

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