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Sufrimiento más allá de la muerte

Una capa de neblina densa cubre a los venezolanos. El dolor los agobia con cada homicidio cometido. Las familias de las víctimas ultimadas a balazos por venganza o resistencia al robo sufren sus pérdidas llenos de impotencia, por la falta de justicia. Pero más allá de eso padecen las dificultades para poder enterrar a su muerto.

Veinte horas estuvieron los Carvajal Ochoa frente a la morgue de Maracaibo, esperando que les entregaran el cuerpo de su pariente, Elvis José. Al hombre, de 37 años, lo asesinaron dentro del autobús de la ruta La Curva-La Sierrita, que tenía años manejando, para despojarlo del dinero en efectivo que había hecho durante su jornada laboral. Un balazo en la cabeza le arrebató la vida. Su muerte se convirtió en el inicio de un calvario para su familia.

Carvajal murió en el sitio. Para el momento del ataque iba camino a su residencia, en el sector Marcelino del municipio Mara. Ya había entregado la ruta e iba acompañado de sus hijos, de 16 y 17 años. Dos desconocidos se subieron a la unidad, cuando se detuvo en un pare del sector Las Parcelas, el domingo 7 de agosto, a las 7:00 de la noche.

Nerviosos le arrebataron el dinero al conductor y antes de huir lo mataron. El cuerpo de Elvis quedó desvanecido frente al volante. “De su cabeza botaba mucha sangre”, cuentan los adolescentes que presenciaron el hecho y quienes avisaron a su madre, Maricela Suárez, la tragedia.

La mujer, angustiada por la infausta noticia, en compañía de unos hermanos y primos, se dirigió al sitio. Los gritos y el llanto alarmaron a la comunidad. En segundos, una muchedumbre de gente rodeó la escena. Por tres horas los familiares mantuvieron su mirada fija y llena de dolor sobre el cadáver, hasta que los detectives del Cuerpo de Investigaciones Científicas, Penales y Criminalísticas (Cicpc), realizaran el levantamiento.

Tras la muerte

“Una odisea hemos tenido que pasar”, dijo intranquila Jarlis Pino, prima del fallecido. Tras levantar el cuerpo, los sabuesos se llevaron a los testigos del hecho a declarar, junto con su abuelo y padre de la víctima, José María Carvajal. En el comando permanecieron cuatro horas, siendo sometidos a interrogantes. Les dieron la orden para que les entregaran el cadáver en la morgue.

El sufrimiento siempre está latente para los familiares. “Nos tocó ver cómo bajaban el cuerpo de la furgoneta y lo lanzaban sobre una camilla de hierro oxidada. Los tratan como un bulto y eso sin ver cómo los abren para practicarles la necropsia”, expresó Pino.

Como los Carvajal Ochoa, 845 familias han padecido este mismo sufrimiento en lo que va de año. Al 90 por ciento de las víctimas las ultimaron con arma de fuego. Y un 80 por ciento los han ejecutado por venganza, el 20 restante han sido asesinados por resistirse al robo, informó una fuente del cuerpo detectivesco.

Los familiares entregan a los forenses dos copias de cédula del occiso, con la orden firmada y sellada del Cicpc. “Ya los papeles están. Ahora el problema está en que el servicio funerario más barato está en 220 mil bolívares y no hay parcelas disponibles en los cementerios para sepultar un muerto”, denunció Jarlis, acompañada de cinco parientes más.

Colapso sentimental

Para Mónica Alfonso, especialista en neuropsicología, la pérdida de un familiar de manera violenta, como a balazos, puede hacer colapsar a la persona que está sufriendo, al punto de manifestar ataques de pánico. En esos momentos de dureza, “los niveles de depresión aumentan y en ese proceso pueden perder el contacto con la realidad”.

La desesperanza es tanta que el proceso de duelo cuesta, según Alfonso. Explicó que en un país industrializado el proceso de duelo puede durar de tres a seis meses. En un país como Venezuela, donde la cultura es más protocolar, se llevaría unos 18 meses como mínimo para recuperarse de la pérdida.

Cuando un familiar es ultimado, todo parece una pesadilla, no parece real, indicó la especialista, profesora en la carrera de Psicología de la Universidad Rafael Urdaneta (URU). “Son mecanismos de defensa del cerebro ante el dolor. Cuando los familiares ven que están bajando el féretro a la fosa, entran en contacto con la realidad. No es una pesadilla, esto es verdad. Al principio la primera etapa del duelo es la negación. Y esto es muy inconsciente”.

 

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