El diario plural del Zulia
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Las agresivas caravanas de la muerte

Rostros mojados, ojos inundados de lágrimas. El duelo de los familiares de Ender Enrique Ávila Barrios está a flor de piel, aunque lo expresan de manera diferente. “Él estaba en una vuelta que le salió mal / está tendido en el piso y ya no puede volar / aquella vez la policía a un ángel le cortaba las alas / cuando llegué donde estaba / ya no volaba”. El mediodía del miércoles 3 de mayo la letra bucólica de la champeta de El Afinaito retumba en el sector El Marite, a tres cuadras del retén. Se matiza con los cantos en coro de todos los presentes en el sepelio. Varias canciones se escuchan con riguroso frenesí, pero “El Ángel”, es el favorito de los dolientes. Un simbolismo para el familiar caído.

De una casa de fachada verde y detalles de ladrillos unas 15 mujeres sacan el ataúd de “El Negro” y lo reposan sobre el pavimento. Sus seres queridos lo rodean. Sollozos y balbuceos reinan. El féretro de Ender no se abre. “Recordalo parrandero, como él era”, suelta con un nudo en la garganta la tía del difunto, mientras empuña una botella de ron y algunas flores.

El pasado 30 de abril, Ávila, con ayuda de otros dos compinches, intentó despojar de su camioneta Montecarlo al teniente coronel del Ejército, Carlos López. La minuta de la Policía científica resume que en el barrio Eclipse, al oeste de Maracaibo, hubo un intercambio de disparos en el cual resultó abatido.

Son las 12:42 del mediodía, la hora pautada para pasear la urna que guarda el cuerpo del joven tiroteado. Unas cuatro cuadras caminan las casi 50 personas que acompañan a Ender en su último recorrido por el barrio. Tres pasitos para adelante, tres pasitos para atrás. Al ritmo de la música trivial, seis compinches llevan sobre sus hombros el peso de la muerte. Un hombre alto, de piel oscura y en bermudas, dirige la coreografía. Cada vez que se repite el movimiento todos golpean con fuerza el féretro.

“¡Ay ‘Negro’, por qué te fuiste, ‘Negro!’”, exclama mientras mira al cielo y deja salir una solitaria lágrima. 

Una mujer con franelilla azabache y jeans —las uñas de sus manos tenían un desgastado esmalte carmín— se acerca con la botella de ron y sirve pequeños tragos a los allegados danzantes. Así, minuciosa, se aproxima a todos los presentes para ofrecer el licor.

El entierro de un delincuente en Venezuela no pasa desapercibido. Viene con disparos al aire, con motorizados que detienen el tráfico y amenazan, con tufo de violencia.

El criminólogo Javier Gorriño detalla que muy lejos de realizar alguna práctica convencional, el ritual incluye bebidas alcohólicas, tiroteos, drogas y bailes al ritmo del reggaeton, vallenato, salsa y champeta. “Esta es una costumbre de las grandes urbes que se utiliza para homenajear el estilo de vida de los antisociales. A veces, incluso, realizan atracos en la vía”. El cortejo fúnebre que acompaña a “El Negro” se detiene en la avenida principal de El Marite.

El pasado 25 de abril, a través de las redes sociales corrió como pólvora un video en el que se aprecia cómo alrededor de 30 motorizados, que acompañaban a los dolientes de un presunto hampón, obstaculizaron la vía principal del sector Ziruma y perpetraron lo que se denominó un atraco masivo.

Las víctimas fueron decenas. Willy, quien vivió el suceso, narró que eran casi las 3:00 de la tarde cuando cuatro hombres abrieron las puertas de su Jeep Limite, verde. Repentinamente un arma de fuego apuntó a su boca. Otro le golpeó la cabeza y le rompió los lentes. Ese día se llevaron su Iphone 6, más la cartera con 6.000 bolívares en efectivo y los documentos de su acompañante.

Para Willy, las pérdidas materiales no se equiparan con los minutos de violencia que vivió. “Parecían horas eternas”. Aún recuerda cómo sacaron a una joven por la ventana de su carro, un Corolla blanco. En medio de los nervios la mujer se congeló y no pudo bajar más el vidrio de su ventana. Uno de los asaltantes, irascible, la jaló por el cabello con fuerza y la sacó del vehículo.

Esta vez no hay mayores excesos. La despedida de “El Negro” solo cuenta con tres motorizados. Sus dolientes lo acompañan en un bus blanco con rayas azules y un camión tipo chirrinchera.

El sociólogo Luis Briceño León, director del Observatorio Venezolano de la Violencia (OVV), explica que estos fenómenos y procesos relacionados con la muerte en los sectores populares son prácticas que se popularizaron hace más de 15 años. La onda expansiva evoluciona. Crece.

La costumbre es típica en jóvenes entre los 20 y los 25 años, que crean parámetros de conducta relacionados con la ideología que ellos tienen de la vida y la muerte. Los estados orientales y ciudades como Valencia y Caracas, son los sitios donde se presentan con mayor frecuencia. Aunque Maracaibo no aparece reflejado en los estudios del Observatorio, no resulta excluida de este flagelo.

El video que desnuda la crisis

“Cuando se nos muere el Brayan”, un viral video de 2 minutos 13 segundos publicado a través de la red social Youtube causó polémica a nivel internacional. Dos jovencitas, con ropa ajustada, se aprecian sobre el ataúd de un muerto bailando reggaeton. Los dolientes lanzaban licor sobre las chicas y levantaban la falda blanca de una de ellas para dejar al descubierto su ropa interior.

Dolor, rabia y sed de venganza drenados de una manera poco convencional en estos peligrosos actos mortuorios son sinónimos del contexto de violencia que se vive en Venezuela. Expertos llegan a considerarlo un problema de salud pública, lo que se refleja en el aumento sostenido de las cifras de homicidios dantescos en el país.

Los informes de la ONG dedicada a estudiar la violencia en el territorio nacional señalan que para 1998 se registraron 450 homicidios, mientras que el año pasado se resumieron 29.000 muertes violentas, una tasa de 90 muertes por cada 100.000 personas. Estas cifras reseñan un aumento progresivo del 6.444 %.

De vuelta con el adiós a Ender Enrique. Una vez que la urna está dentro del vehículo que lo va a transportar hasta el cementerio Corazón de Jesús, en La Limpia, la ranchera avanza lo más lento posible. El coreógrafo y allegados no paran de ingerir ron. El paseo final tiene sudor de níspero.

Dos mujeres a bordo del carro fúnebre en los 48 minutos que dura el recorrido homenajean al silencio con ojos rojos, vidriosos. Sus rostros son de hierro. Una de ellas, la madre de Ender, empuña en su mano derecha una botella de cerveza. En la otra lleva dos rosas semimarchitas. Su mirada, severa, se pierde en el horizonte. De tanto en tanto mira su botella y toma un trago.

La entrega de “El Negro” al más allá está a punto de concluir. Tres cuadras camposanto adentro, a la derecha y hasta el final, cuando la urna desciende, llueven ores, puños de arena y más tragos de ron. De fondo, aún retumba la música. Ahora un vallenato, pero su melodía se pierde entre los gritos de los familiares. La tía del infortunado camina y reparte agua cobriza. Su padre, como a un metro de distancia, observa con discreción el evento. El director de la danza ordena a un motorizado que haga sonar el acelerador. También las máquinas de acero tienen que llorar la pérdida. Tardan casi 50 minutos en recuperar la cordura. Rugen, con piel humeante.

Un señor de edad madura se acerca al grupo, ofrece sus servicios para realizar una coronilla por el caído. Los allegados pasan billetes de una mano a otra para pagar al hombre mientras él realiza los rezos. Las tres botellas, de un litro y medio cada una, se confunden con los billetes. Ruedan. A “El Negro”, como en la letra de la champeta, “la policía le cortó las alas”.

El exorcismo del dolor

Ismael Sánchez, representante de “La Corte Malandra”, sería un ladrón que vivió en una zona populosa de Caracas y dedicó su vida a robar a los ricos para ayudar a los pobres. Los delincuentes adoran su imagen que suele destacar en los cementerios. Foto: El Estímulo.

Llamaremos Juan al sepulturero del Corazón de Jesús, que estima que el camposanto es escenario de esta clase de despedidas al menos dos veces por mes. “Es incontrolable, llegan un motón de motos, carros con música a todo volumen y eso es plomo y alcohol parejo. De ahí pa’ lante sálvese quien pueda. Algunos corren a esconderse”.

Las balas frías son un peligro. Los proyectiles más de una vez han lesionado o segado vidas inocentes. La ecónoma del principal cementerio municipal, Nineska Piñero, aseveró que evitar estas situaciones es imposible porque no tienen apoyo policial desde que intervinieron Polimaracaibo en el 2015. Las 44 hectáreas del Corazón de Jesús solo cuenta con un guardia para la vigilancia, anónimo, por cuestiones de seguridad. A juicio del sociólogo Luis Briceño León estos rituales no son diferentes a los elaborados por el resto de la sociedad. Justificó que durante el acto velatorio de un militar, como homenaje a sus servicios castrenses, también se dispara al aire.

“Lo sorprendente es que responden a una serie de actividades que no están relacionadas con el duelo, pero sí responden al estilo de vida del fallecido y sus gustos. Por eso a veces pasean la urna en motos, bailan sobre ellas y hasta juegan fútbol”.

El profesor también apunta a que estas prácticas evaluadas de ortodoxas y extremistas son “una manera general de exorcizar el dolor, característica de un grupo con subcultura que pretende retar a sus oponentes y marcar territorio. De esta manera, expresan lo importante que es el ser querido”.

Terror de Maracaibo a Cabimas

Manuel, con más de 15 años como chófer de vehículos fúnebres, recuerda su peor experiencia. A mediados del 2015 debía trasportar a un caído desde Maracaibo al cementerio Jardines del Rosario, en Cabimas. Dos ráfagas de disparos al aire concluyen la despedida en el barrio. A la 1:30 de la tarde, en la alcabala del Puente sobre el Lago, un militar les pide estacionar a la derecha. “Abran la urna”, ordena.

Entrelazadas las manos del difunto sobre su abdomen, en vez de sostener un crucifijo, sostenía un arreglo particular: ocho porros de marihuana. Otros tres reposaban en su boca. Un poco de persuasión y lograron avanzar. En el camposanto, los dolientes sacan el féretro y lo ubican en el centro de todas las motos, dan 10 vueltas y disparan nuevamente. Se detienen, velocidad neutro y aceleran. “Que rujan por vos, compa”, gritaban los conductores. El resto apunta las botellas de ron al cielo y las agitan con fuerza. Con este rito le quedó claro a Manuel que se acaba de llevar a uno de los grandes. Natalia Sánchez, socióloga, asegura que estos comportamientos responden a conductas aprendidas en el contexto en el que crecen los practicantes.

“La producción de la identidad está ligada a la universalidad de las instituciones. Si estas son débiles los procesos de socialización se convierten en particulares”, puntualizó.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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