El diario plural del Zulia

Trancazos polarizan a opositores del Gobierno

La medida representa para unos la esperanza de “hacer algo”, para otros pone en jaque la estabilidad laboral y del pan de cada día

A las 7:00 de la mañana Laura Soto culmina los quehaceres del hogar. Con silla en mano, bandera, agua y gorra tricolor sale de su vivienda ubicada en La Trinidad para unirse al Gran Plantón en la avenida Dr. Paúl Moreno.

Es miércoles. Camina lento, pero con determinación. El andar delata sus cansados 62 años. Su piel está tostada por las horas de sol recibidas. Se acerca al grupo que la acompaña en cada plantón y le pide resistir hasta que el cuerpo aguante. El suyo es delgado.

Sus últimos años no han sido fáciles. Ocho meses atrás, Laura era otra, con más esperanza. La muerte de su único hijo por escasez de medicamentos para el cáncer le mordió el corazón y aún la sacude. Su lucha es en su memoria y por el futuro de dos nietos que sufren, como millones de niños venezolanos, el impacto de la inflación en alimentos.

“Mi hijo murió por la indolencia de este Gobierno, sufrimos juntos con el desespero de no encontrar medicamentos para sus quimioterapias, ¿cuántas muertes más tenemos que sufrir los venezolanos? Saldré a marchar y a trancar todos los días, si es posible. Mi hijo y todos los que han muerto merecen justicia y los niños un mejor futuro”. Sus palabras retumban en quienes marchan y opacan sus gestos.

El hambre es otra de sus razones para salir a protestar. Hace cuatro años pesaba 70 kilos, y la ausencia de comida la llevó a bajar a 50. La señora solo cuenta con la pensión ofrecida por el Ejecutivo para subsistir, pero alega que apenas le alcanza para comprarse tres harinas y dos kilos de arroz. Su hijo dejó en la orfandad a dos niños (4 y 7 años) quienes han tenido que comer dos veces al día porque los altos precios de los alimentos no les permite para más.

“Ya basta de las injusticias y de tanta hambre. Si desayunamos no podemos cenar, mientras que Maduro tiene sus tres comidas diarias, vive con aire acondicionado y camina escoltado. Que se conduela de los pobres, que mire hacia atrás, que está dejando hambre y miseria. Hay niños marginados y que en el futuro serán candidatos a la delincuencia”.

Realidad contrastada

En el otro sentido de la calle camina Mireya Lugo, de 46 años. Marcha pálida, con gotas de sudor en el rostro y gestos de amargura. Su camisa verde claro luce oscura, está empapada. Lleva al menos 45 minutos caminando para poder llegar a su trabajo en una tienda de telas en el centro de Maracaibo y aún le faltan varias horas y kilómetros de recorrido.

Su mirada es capaz de atravesar paredes. Se nota muy molesta, indignada, con quienes están sentados encima del pavimento y ondean la bandera venezolana como símbolo de libertad.

“Ellos creen que trancando calles se va a acabar esto. Los únicos que estamos sufriendo somos los trabajadores. Cada vez que hay plantón me toca caminar por horas para poder llegar al trabajo. No es justa está situación”, fustiga.

Para ella la solución a la crisis venezolana no está en el obstáculo de las vías; no cumplir con el horario laboral, a su juicio, es un retraso para el país.

Lugo es madre soltera, tiene tres hijos (8, 11 y 14 años) que la esperan en casa para comer, el ingreso de sueldo mínimo no le alcanza para darle una vida cómoda a sus retoños.

No se identifica con ningún partido político, su único cometido es velar por las comidas diarias de sus retoños. Ha enfrentado días en donde solo le ha dado de comer solo dos veces al día.

“Si yo no trabajo no puedo llevar la comida a casa, ni puedo pagar las escuelas de los niños. Si en condiciones normales es difícil tener las tres comidas imagínate con estas trancas que lo que hacen es complicar el día y poner en riesgo el trabajo”, sostiene.

Un activista opositor escuchó sus palabras y manifestó su rechazo. Vociferó que la lucha también era por ella y le pidió que ofreciera una solución que considerara viable. La exhausta mujer respondió con una mirada punzante y siguió caminado.

Los gritos comenzaron a retumbar en la calle de lado a lado. Quienes estaban en contra del trancazo llamaban vagos a quienes impedían el libre tránsito.

“Váyanse a su casa, trancando la calle no van a tumbar a Maduro, váyanse pa’ Mira ores o la Gobernación, ahí si vale la pena trancar”. La mujer que inició la disputa, nerviosa, decidió correr: la violencia verbal a oró.

Cae el sol y se culminan las seis horas de plantón. El objetivo se ha cumplido. La resistencia despeja las calles mientras Soto recoge sus herramientas de protesta y se despide de sus “compañeros de lucha”. La rutina continua.

La resistencia despeja las calles mientras ven transitar un chichero en su bicicleta; anima a los presentes con su bocina. Los pocos que quedan aplauden mientras se les in a el corazón de orgullo y esperanza.

 

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