El diario plural del Zulia
TOPE DELIA PLAZA

Los capos de los pesos

Mario y Lisa coinciden en la entrada del Terminal de Pasajeros de Maracaibo. Desconocen sus identidades. Lisa lo mira con intriga, con miedo, pues Mario no se ve de fiar. Lisa cruza a la derecha, buscando la sala de espera, donde el módulo policial del cuerpo de seguridad local se roba la primera mirada de turistas y visitantes. En el camino, lee siete letreros de “giros y encomiendas a toda Colombia”, y sin duda, el que llama su atención es el del sombrero guajiro y el acordeón. Lisa tropieza con dos o cuatro muchachos que le ofrecen bolívares por pesos o pesos por bolívares. Ella tiene apremio, pues en un morral lleva 250 mil pesos y busca al “Memo”. Ya quedó con él. —Pesos por bolívares a 8,50 y de bolívares a pesos en 7,50— dice un chico moreno. Las personas se atropellan.

Se montan unas sobre otras. —Giros y encomiendas pa’ Colombia aquí…—, vocifera con energía otro chico. Lisa los ignora y sigue por un pasillo oscuro, cerca del restaurante “El viajero”, donde se hacen avances de efectivo. —Cambie y compre por acá—, se apresura a gritar un hombre del que solo se ven sus manos moviéndose, tratando de captar adeptos. Lisa se aferra a su bolso; no conoce muy bien cómo funciona el negocio. Entonces vuelve a ver a Mario y su cuerpo desvanece. Engranaje organizacional Quince casas de cambio operan al margen de la ley en un espacio que le corresponde custodiar a Polimaracaibo. Quince, al menos. La red delictiva se teje en familia. Hay hermanos detrás del negocio. Y parejas. Las mujeres, en muchos casos, ejercen el control. Todos los lunes se reúnen en oficinas tan pequeñas como un baño público. Allí “cuadran” el trabajo de la semana: tres de un bando por los quioscos del frente —para captar a quienes llegan—, seis por los pasillos que dan a los últimos andenes —para persuadir a los que se van— y uno que otro, mezclado entre la multitud para no dejar que ningún pez gordo se fugue por otro canal. Son los lunes, los días de mayor desespero, sobre todo si durante el fin de semana no se vendió ni un peso o ni un bolívar.

Si alguien llega, enseguida le tienden la mano con una tarjeta de presentación. La “Beba” trabaja con prudencia. A ella no se le ve por los pasillos ofreciendo sus servicios. Actúa después de que su tía le marca al celular. Entonces sí, aparece ella, con calculadora, hoja de papel y lápiz en mano. —¿Cuánto tenéis? ¿Queréis pesos o bolívares? Mario trabaja para ella. Un día normal para él transcurre en el pasillo de entrada del terminal, por donde se pasea de extremo a extremo esperando concretar compras. En un día, puede concretar tres. Pocas. Aunque la demanda es alta, hay mucha competencia. El canje establecido por el Banco Central de Venezuela (BCV) es de 4 bolívares por un peso, y la orden de la “Beba” es que por cada peso se pague 9.50, y por cada bolívar, 7.50.

Mario lleva la escala a iguales: uno por uno. Si el interesado quiere cambiar 10 mil pesos, recibiría 10 mil bolívares. Así, le gana medio punto adicional a cada peso vendido. La Ley de Régimen Cambiario y sus Ilícitos, publicada en la Gaceta Oficial Extraordinaria N° 6.210, establece, por ejemplo, que la fijación de precios a tasa no oficial, será sancionada con una pena de cárcel de entre 7 y 12 años y multa equivalente a 200% de la diferencia de precios. (Artículo 22). Pero no pasa nada. Polimaracaibo tiene 468 oficiales para prevenir delitos en 18 parroquias. 68 motos y 44 patrullas. Entre los que están de vacaciones y de permiso, sólo quedarían 60 hombres resguardando una ciudad de casi 2 millones de habitantes. La regla universal instituida por la ONU es de tres policías por cada mil habitantes. Basándose en esas cuentas, Maracaibo necesitaría 666 mil oficiales.

La pregunta es: ¿cuántos efectivos estarían disponibles para custodiar el terminal? Se ven hombres uniformados, aún cuando están ahí, personas como Mario o la “Beba”, quienes se mueven con libertad para embaucar a gente como Lisa. Mario, con tres hijos y una esposa, se despierta cada día con la interrogante de cómo hacer más dinero. Los 40 mil bolívares del sueldo mínimo se le deshacen en la mano. Después de ver a Lisa, dio un par de vueltas infructuosas más y se regresó al local que por fuera es una venta de pasteles y empanadas. En el camino, volvió a ver a Lisa, y esta vez se atrevió a preguntarle: —¿Pesos? ¿Bolívares? A la orden… Van por dólares Los precios se forman por la interrelación entre oferta y demanda. En una economía con recursos limitados y necesidades infinitas, se opera bajo la lógica de satisfacer las necesidades fundamentales —comer, por ejemplo—. Los elementos especulativos siempre estarán presentes y los precios se formarán en la medida del comportamiento y la demanda. Eso explica el abuso en las casas de cambio informales.

Y, como afirman los economistas, tú no puedes mantener un precio si no entiendes la dinámica de producción de ese bien. La lógica aplicada por los vendedores-compradores del terminal es, voy a comprar muchos más dólares en Maicao que en Maracaibo. Los 250 mil pesos de Lisa es un “giro” que le hizo su cuñado desde Barranquilla. Necesita cambiarlos porque tiene un apuro. El “Memo” nunca llegó. Tal vez se extendió en una de esas reuniones que hacen a hurtadillas. Lisa escucha a Mario. Con atención. Lo mira, sí, pero en vez de atender el llamado, da media vuelta y huye hacia el último andén. 

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