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El inmigrante venezolano es un exiliado económico

Este relato viaja en Internet y escandaliza a la nación de Bolívar. Valencianos —y otros no tanto— colmaron el aeropuerto Internacional Hato de Curazao el viernes 8 de julio.

Una vez en inmigración, funcionarios comenzaron con las preguntas: —¿Vienen a prostituirse a la isla?— interrogaban a las damas. —Para entrar acá deben tener 150 dólares en efectivo para cubrir la estadía— le gritaban a los caballeros.

Los funcionarios de la isla y otras naciones del mundo alegan que los dólares que otorga y autoriza el Estado mediante el Centro Nacional de Comercio Exterior (Cencoex) no procede.

En Aruba, por ejemplo, hay letreros fuera de los locales que advierten que no aceptan tarjetas venezolanas.

—Ese sistema no sirve (…) Los venezolanos vienen a delinquir— repetían la noche del 8 de julio. Lucille George-Wout, gobernadora de Curazao, declaró el 13 de septiembre esto: —El equipo de monitoreo en esta materia ha constatado que la entrada de personas es casi exclusivamente a las áreas de delincuencia, trabajo ilegal y prostitución—.

Nunca antes la generalidad dañó tanto. El sociólogo Ender Arenas se explica este fenómeno social por medio de una metáfora: hay un manto negro, una leyenda, que cobija a los criollos que por razones económicas y sociales sale de su país de origen.

A veces se refuerza, otras tantas no. Frecuentemente, el nativo se comporta como gitano a donde va. Grita, se ref ere al otro despectivamente. Inclusive roba en los supermercados. Se le ha tildado de roba bancos en el Caribe. Eso erigió una matriz de opinión que no lo favorece. Y esa matriz los perfi la como indeseable. Los insultan, los ofenden; los humillan en los aeropuertos.

Quince personas llegaron a una oficina remota en la terminal aérea de Curazao la noche del 8 de julio. Estaba prohibido salir o comunicarse con el exterior. El plan era continuar los interrogatorios iniciales. Los venezolanos establecieron empatía al momento.

—¿Por qué te devolvieron a ti?—. Las respuestas fueron diversas: porque no podían creer cómo una muchacha llevaba 500 dólares en efectivo, porque aseguraron que más de una reservación de hotel estaba cancelada, porque carecían de un lugareño que se hiciera cargo de sus gastos o porque para qué querían —en algunos casos— volver a la isla. Tantas interrogantes para devolverlos.

Comportamiento peculiar

Los venezolanos se reconocen en el exterior. Son sumamente extrovertidos. Cuando la socióloga Catalina Labarca observa a los latinoamericanos, confirma su tendencia a ser tímidos en comparación con los otros. Exceptúa a los cubanos.

Entonces, frente a la personalidad escandalosa y ruidosa de los venezolanos, se gestan fuertes choques culturales que podrían ser la respuesta al rechazo de los criollos en el exterior. No en vano su colega Ender Arenas argumenta que en ocasiones el comportamiento del nativo refuerza esa matriz de opinión negra creada. Para él, los dos millones de venezolanos que han partido constituyen el mejor contingente humano de los últimos diecisiete años.

Noventa por ciento egresados de las universidades. Ochenta por ciento con posgrados. Hoy, están en labores que él califica de miserables. Cuidan y lavan carros, sirven café en restaurantes, empacan bolsas en supermercados. —Fuimos un país que siempre recibió gente, hoy, los expulsa— reflexiona. Catalina Labaraca le suma al análisis el hecho de que otras naciones también tienen sus propias dificultades económicas y sociales y que el venezolano es profundamente competitivo.

—Muchos de nuestros inmigrantes se van con títulos universitarios (…) Es que aquí la educación no es tan cara en comparación con otros países— sostiene. La idiosincrasia se le agrega a ese choque cultural al que Labarca se refiere. Este reproduce las visiones negativas. —Nos sabemos capacitados, y además nos vanagloriamos de eso—. El inmigrante es un extraño que viene a ocupar un espacio que podría haber sido de los lugareños. Todo aquel que ocupa un territorio extranjero representa una amenaza.

Otro tipo de inmigrante

Carolina Viloria es su nombre. Madre de dos, esposa de uno y docente de muchos. Ahora vive en La Florida, Estados Unidos, uno de los países a donde más venezolanos van, además de Panamá y Colombia, de acuerdo con Arenas.

De hecho, Carlos Subero, en su libro L alegría triste de emigrar, asegura en su libro que en este estado costero había para 2010 5 mil 74 venezolanos (42 % de los que recibieron la green card ese año). Se fue de Maracaibo en 2009 aun cuando tenía dos trabajos y una vida tranquila, pero con limitaciones.

Aunque reunió un par de pruebas verídicas para argumentar persecución política, la verdadera razón por la que emigró fue económica. Es esa la diferencia del inmigrante venezolano: es un exiliado económico, no político. Lo mismo le pasó a Milagros Dá- vila, periodista que ahora trabaja en Valledupar. —Nuestro inmigrante es distinto al europeo. Este vino a nuestro país, en gran medida, sin preparación universitaria. El chileno y argentino, incluso el mexicano, por el contrario, huyeron de las dictaduras y llegaron a incorporarse en la vida en las universidades— sostiene Arenas.

Un ejemplo fue el esposo de la pintora mexico-venezolana, Ofelia Soto. Él llegó a inicios de los 60 e ingresó como académico en la Universidad del Zulia. Italianos, franceses y portugueses innovaron en los oficios de zapateros y panaderos. Muchos montaron restaurantes en un buen momento histórico de la nación.

Arenas no niega que aquí haya perseguidos y presos políticos, no. Pero de los dos millones que se han ido el noventa por ciento de esas salidas corresponden a trabas económicas. Ahora, este lugar del mundo, hogar de Carolina Piña y de los que fueron humillados la noche del 8 de julio en el aeropuerto de Curazao, pasó a ser de receptora de inmigrantes a exportadora de emigrantes.

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