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“El diablo anda suelto”

La renta petrolera ha representado por años imán hacia privilegios, una zona en donde hay que estar. Y de allí se han engendrado profundas distorsiones devenidas de una costumbre de hacer dinero fácil.

Alexis Romero, secretario Ejecutivo de la Asociación Venezolana de Sociología, ha auscultado en la erosión de valores y el apalancamiento de la corrupción como modo de vida.

—¿Qué trajo el rentismo?

—Lo sabemos todos: el país exportador de petróleo recibe un cuantioso ingreso en divisas extranjeras, por el cual la sociedad toda entra en competencia; los actores sociales sin distinción –sectores fi nancieros, comerciales, de la comunicación, de la construcción, de la política, profesionales del derecho, empresarios de la salud y la educación, militares, etc.– procuran colocarse en posición privilegiada en el circuito por donde aquellos recursos fl uyen.

—¿Quién ha sacado más provecho?

—En Venezuela ha sido así desde hace 100 años y hay casos emblemáticos de aventajados de los tiempos iniciales; por sólo mencionar un par: Eugenio Mendoza y Diego Cisneros cuyos nietos hoy son ubicados por la revista Fortune en los primeros lugares entre los hombres más ricos del mundo. De las últimas épocas se cuentan por miles quienes sacaron muy buen provecho de su relación con el Estado para la extracción de las divisas, como banqueros, constructores, que viven en Europa y los Estados Unidos disfrutando de inmensas fortunas.

—Y políticas dilatadas como el control de cambio, ¿en qué resultaron?

—En tiempos del control de cambio se multiplicaron los aventajados; legiones de personas fueron capaces de construir el entramado más poderoso para quedarse con las divisas: las inefables empresas de maletín.

—¿Por qué el Estado es tan débil ante el delito?

—En todas las épocas los actores en competencia han requerido de sujetos colocados en diferentes niveles del Estado, que corrompiéndose favorezcan sus negocios. Ya eso es una tragedia, pero la peor la constituye el acostumbramiento de la sociedad a tal conducta, a todas luces delictiva; en total impunidad y sin sanción moral. Autentico drama social que facilitó el perfeccionamiento de mecanismos perversos y la participación directa de los funcionarios en el tinglado aspirador de divisas y expropiador del dinero de los ciudadanos, mediante el montaje de un aparato suprainstitucional, paralelo al Estado –aunque de su mismo seno–, que es verdaderamente con el cual la gente tiene que lidiar cotidianamente.

—Dé ejemplos que para usted destaquen

—En medio de la naturalización de la indecencia y el delito, se hizo normal que personal de Pdvsa diariamente despachara gandolas y barcos de gasolina a las mafias contrabandistas y lograra acuerdos millonarios con proveedores para pagos con sobreprecio de servicios o equipos facturados; se hizo normal que un funcionario del Seniat llamara para informar que en la oficina hay por ejecutar una multa a la pequeña empresa y por 600 mil bolívares pueden llegar a un arreglo por fuera; se hizo normal que gente de Cadivi identificara a usuarios que tienen bloqueadas las tarjetas para consumos en el exterior para ofrecerles su activación con la colaboración de 20 mil bolívares. También fue normal que la Presidencia de los Abastos Bicentenario, de Mercal y Pdval montaran sus propios negocios para el desvío de cargamentos de alimentos y por ese camino además se hizo normal que trabajadores y contratistas de Cantv despojaran de las lí- neas telefónicas a unos usuarios para vendérselas, por elevadísimo monto, a otros que se las requieren y que la gerente del Banco de Venezuela y su personal, en los operativos de registro de pensionados, funcionaran bajo las órdenes del paramilitarismo extorsionador, como si nada.

¿Y qué dice de los cuerpos de seguridad?

—Se hizo normal que el Policía Municipal y el Fiscal de Tránsito bajen de la mula a los conductores para eliminarles la multa. Normal entonces fue que para colocar a una persona de tercera edad en la nómina de los pensionados hubiese que pagar 60 mil bolívares a un funcionario que hace la cosa como si nada y que una pareja deba pagar 23 mil bolívares para ser incorporada a la lista y se le considere para la adjudicación de una vivienda. Normal que el funcionario policial o militar, la alcaldesa y el gobernador caminen frente de los visibles y públicos estantes repletos de víveres y no pase nada –a menos que sea el arreglo para permitirlo. Es, en el marco de lo que llamo Ethos Marañero (De Maraña; en Maracaibo la acción no convencional de viveza para lograr recursos o beneficios), la legitimación de una estructura delictiva, formada por forajidos de cuello blanco, que a la final, no tienen patria, ni partido.

—¿Se puede ascender en una sociedad así?

—La corrupción se convirtió en el principal mecanismo de ascenso social: se actualizan estratos más altos y se recomponen los distintos estamentos de la clase media. Aparecen grupos de propietarios de bienes muebles e inmuebles de todo tipo y categorías: camionetas y carros, lanchas y hasta aviones y casas en exclusivos circuitos residenciales y hasta en el exterior. Cada uno se acomoda según el monto de las operaciones –marañas– que les posibilita el cargo; para algunos el llamado ascenso horizontal llega hasta una Villa en un sector privilegiado de la ciudad por unos 90 mil dólares y para otros significa trasladar a los suyos a un Country en condado de Miami por un par de millones.

—¿Resulta normal ya, se acepta la alta corrupción como parte de la vida?

—Las familias saben que se trata de recursos mal habidos, pero disfrutan la situación, se hacen cómplices y, peor aún, presionan por más, en una voracidad material que no tiene límites: exigen más ropa de marca, nuevos carros o camionetas más grandes, más viajes, cirugías estéticas, etc. Para la ostentación; para mostrar en la calle, en la universidad, en el centro comercial, en los aeropuertos, en el gimnasio, en el salón de belleza.

—Entonces, ¿quiere decir que en Venezuela abunda la superficialidad?

—Es la nueva subjetividad de una sociedad que, en virtud de mecanismos non santos, actualiza su estructura social en medio de cierta penuria económica; es la respuesta a las presiones del estilo de éxito del capitalismo, agravado por el rentismo petrolero: cada quien es según lo que pueda exhibir como propietario; en razón de ello será reconocido y privilegiado. Y es cultura, en tanto conjunto de valores y símbolos concretados en el modo de vida que llamo ethos sifrino del subdesarrollo opulento. Todos quieren ser reconocidos, quieren mostrar lo que son, es decir lo que tienen; en el ser, en la esencia, lo que hay es vacío; lo que aparece es la banalidad, el faranduleo, la frivolidad. Como cultura impone representaciones e idearios sociales basados en un sentido común atrasado, conservador y reaccionario.

—¿Sociedad predestinada a la barbarie?

—El problema es que las visiones polarizadas nublan el entendimiento e impiden captar la dinámica social y minimizan el hecho de que tal novedad constituye una excrecencia; el diablo suelto al que hay que amarrar (Seguramente Don Heraclio Hernández no estaba pensando en una cosa tan fea cuando compuso la sublime melodía a la que puso ese título). Es el resultado de la exaltación de un estilo de vida banal y de la corrupción; está en mujeres y hombres arrogantes, ostentosos, y echones; simultáneamente marañeros y sifrinos. Nada que ver con la modestia del sujeto de la sociedad transformada, seguramente con ciertas limitaciones económicas, pero lleno de sueños y realizaciones; lo más importante, rodeado de afecto.

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