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Cestatique no cubre el almuerzo diario del trabajador

Antonio Trejo tiene 25 años, estudió Refrigeración en la Escuela Técnica Industrial Anselmo Belloso. La necesidad de trabajar lo hizo desistir de seguir estudiando y lleva cuatro años laborando en una empresa de reparación de aires de acondicionados, sus hábitos alimenticios bien pudiesen adelantarle la muerte, su historia es la de miles de trabajadores.

Vive en el barrio El Silencio, la compañía donde labora se sitúa en la Zona Industrial I, por lo que debe tomar dos carros para llegar. Trabaja de 8:00 de la mañana a 5:00 de la tarde, le dan una hora para almorzar. Tiene dos niños, uno de cuatro y una de dos años, vive en casa de los suegros con su esposa y desde hace año y medio dejó de llevar vianda de almuerzo, tomó la decisión de comer en el “negocito de la esquina”, donde Mildred (la dueña), allí es donde almuerza.

“Un día pido dos empanadas, un pastel y un refresco y al siguiente día, pido dos pasteles y un refresco, eso me hacen 3 mil 100 bolos diarios o hasta más, dependiendo el sitio”.

Bono insuficiente

Las empanadas y los pasteles son ahora el almuerzo diario del trabajador, a razón del siguiente cálculo: Cada pieza cuesta Bs. 700, más Bs. 1.000 el refresco. Por lo general, un trabajador pide tres piezas con refresco, lo cual totaliza Bs. 3.100 diarios, que multiplicado por cinco días laborales asciende a Bs. 15.500. El valor del cestatique es de Bs. 108.000, lo que representa 3.600 bolívares diarios, solo 500 bolívares más de lo que cuestan dos piezas y un refresco. El cálculo indica que faltarían Bs. 1.400 para costear un almuerzo que oscila en Bs. 5.000. Al multiplicar el faltante (Bs. 1.400) por 30 días, da un déficit de 42 mil bolívares, eh ahí la preferencia por el consumo de las frituras.

Cambio en los hábitos

Enrique Núñez es encargado de una de las ventas de pastelitos más famosas de Maracaibo: “La demanda de consumo al mediodía se ha incrementado violentamente”.

El testimonio de Núñez revela que los hábitos en la clientela han cambiado: “Vienen a almorzar encargados de tiendas, farmacias, ayudantes de talleres mecánicos, choferes de tráfico, salserines (barredores manuales) y gente que usa esta avenida de tránsito para ir del trabajo a su casa o viceversa”.

Fernando Sierra es “caletero”, es decir ayudante en los camiones de refrescos. Contó que si desayuna, no almuerza o viceversa: “El camión sale a despacho tempranito y ya tenemos el tiempo medido para llegar a comprar el desayuno o el almuerzo, según sea el caso, porque si desayuno, no puedo almorzar, no me da la plata, son más las veces que almuerzo y así no rindo”.

Sierra también es joven, tiene 26 años y es padre de cuatro niños pequeños, su esposa es enfermera y deben “hacer magia” para medio comer.

El drama del mal comer

Tania Guerrero, nutricionista y docente de La Universidad del Zulia, calificó de “terribles” los valores nutricionales de esta “dieta” obligada.

“Consumir cualquier comida a base de fritura es dañino cuando se hace hábito, de ahí el incremento de infartos e hipertensión arterial en jóvenes”.

La nutricionista explicó que el consumo de grasas en exceso y sin las condiciones de asepsia requeridas, se traduce en un alto riesgo de obesidad, especialmente con adiposidad abdominal, que es determinante de la resistencia a la insulina y representa el factor de riesgo más importante para diabetes tipo 2, síndrome metabólico, riesgo elevado de enfermedad cardiovascular y muerte prematura.

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