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Barrera Tyszka: “La salida de Maduro del poder parece la nueva ficción nacional”

Alberto Barrera Tyszka es una de las voces más nítidas del imaginario editorial contemporáneo de Venezuela. Sus textos suelen poseer un extravagante tino, una desgarradora clarividencia. Poeta, articulista, guionista de televisión y docente de la Universidad Central de Venezuela, el escritor venezolano ganó, a fines de 2015, con su libro Patria o muerte, el XI Premio Tusquets Editores de Novela.

Hace una semana, Barrera Tyszka contestó el Repiqueteo de Versión Final desde Ciudad de México, donde reside durante varios meses del año.

—En una reciente entrevista usted confesó que veía a Venezuela como un país preapocalíptico. Me gustaría que me explicara mejor las causas de esa percepción.

—Yo me refería a que, durante mucho tiempo, siempre vivimos en una suerte de límite emocional colectivo, en un borde donde algo impactante estaba a punto de ocurrir: un golpe, una revuelta popular, una invasión, un magnicidio. Durante todos estos años, la posibilidad de un estallido estaba presente. Como anuncio, como denuncia, como amenaza. Y, de repente, ahora, quizás comenzamos a ver que el estallido nunca llegó de golpe, siempre estuvo ahí, desarrollándose, hasta convertirse fatalmente en nuestro “orden natural”. El apocalipsis se volvió nuestra normalidad. Sería interesante tomar este largo gobierno chavista y tratar de hacer una historia de las formas, de cómo variaron todas las formas en nuestro país, de cómo cambiaron —por ejemplo— las formas de la violencia y de la censura durante todos estos años. Desde hace mucho vivimos en una lenta, continua y creciente catástrofe.

—Dentro del chavismo se ha convertido en un cliché responsabilizar a Maduro de la crisis económica y social, pero Chávez gobernó con el petróleo por encima de los 100 dólares. ¿Cuál es su lectura?

—Yo creo que Maduro existe para proteger la posteridad de Chávez. Y quizás para eso fue elegido. Para proteger a Chávez de Chávez. Para que la obra de Chávez no arruine el culto a Chávez. Para sacrificarse y quedar, ante la historia, como el responsable de un desastre que —en rigor— no le pertenece del todo. El destino de Maduro es ingrato. Ahora pareciera que todas las narrativas del país, incluso la suya propia, apuntan hacia la misma dirección. La salida de Maduro del poder parece la nueva ficción nacional.

—El Gobierno quiere hacer de Chávez una nueva religión. Eso también lo dijo usted, sin embargo, la ineficiencia socialista juega en contra ¿Cómo avizora la figura de Hugo Chávez en un futuro cercano, en unos diez años?

—Es muy difícil predecirlo. Al menos, para mí. El Estado venezolano ha invertido, dentro y fuera del país, mucha creatividad, mucho esfuerzo y mucho dinero, en el desarrollo de este culto a la personalidad de Chávez. No sé si la ineficiencia de su gestión juegue en su contra. El Chávez de la fe es también una imagen de la bonanza petrolera. Su recuerdo religioso, su devoción, estará asociado a eso, a un paraíso donde el barril valía más de 100 dólares. Habrá que ver qué pasa cuando la iglesia ya no tenga financiamiento, cuando el sacerdocio público deje de ser un negocio.

—¿Cuál es su lectura del binomio Diosdado Cabello-Nicolás Maduro, como manejadores de los hilos del poder? Hay sectores que parecieran menospreciar a Maduro.

—Cualquier lectura siempre será incompleta, ambigua, algo errática. Lo que define a la corporación que maneja el poder después de la muerte de Chávez es la opacidad. Parte de su autoritarismo radica ahí, en su radical falta de transparencia ante los ciudadanos. Por eso no toleran la democracia. Por eso les resulta irritante y peligrosa la nueva Asamblea Nacional. Porque los obliga a la transparencia.Yo ya he desistido de tratar de entender e interpretar las supuestas divisiones dentro del postchavismo. Supongo, además, que todas están igual de sometidas ante el poder militar. Pero, en cualquier caso, frente a cualquier especulación, no creo que haya que subestimar a Maduro (o al grupo al que él por ahora representa). En medio de la crisis, ha ido apartando a Giordani, a Rafael Ramírez, al mismo Diosdado Cabello. Pero, en el fondo, el problema no son ellos. El problema es un país que se quedó sin vida institucional, sin vigilancia ciudadana, sin transparencia política.

—La llegada de la oposición al Parlamento representa, en el papel, el regreso del sentido de la alternancia al país. Ahora, la confrontación de poderes parece inminente cuando el Gobierno se vale del TSJ para saltarse el Parlamento. ¿Qué análisis nos puede hacer de este escenario?

—La nueva Asamblea, de alguna forma, nos devuelve a la posibilidad de la política. Antes solo contábamos con un raro espectáculo, cada vez más precario y más soberbio, donde la hipótesis de los otros era un imposible. La diversidad se encontraba suspendida. Sin embargo, ahora, este regreso dela política viene acompañado de una crisis económica descomunal. Es muy difícil administrar tantas urgencias, tantas emergencias juntas. Sobre todo frente a un gobierno cuyo principal plan programático parece ser la postergación. En este sentido, es muy tentador, para todos, volver a jugar a la fantasía de que muy cerca hay una solución sencilla para resolver los problemas de la realidad. Si ésta es la hora de la política, no es entonces la hora de las salidas fáciles. El tiempo de la magia fracasó. Ahora necesitamos políticos.

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