El diario plural del Zulia
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Yldefonso Finol // Sobre la amistad

Por muchas razones -y también por causas no racionales- soy un militante de la amistad. Tal vez por esas motivaciones no muy razonadas también debo decir que soy un amante de la amistad. Así lo determinó el paisaje amigable de aguas, manglares y tardes hermosamente iluminadas y calurosas. Así debió ocurrir por las cataratas de amor que derramaban mi madre y mi abuela (la madre de mi madre) sobre la condolida humanidad (representada en este caso por nuestro humilde vecindario).  Si. Allí donde nuestra casa era refugio tierno de los necesitados, enfermería del alma y comedor solidario.

La amistad germinaba en el huerto amoroso donde frondosas hermandades florecían; en el colegio entre jardines de uniformes y pupitres que nos homologaban en medio de las odiosas desigualdades; en la calle con cuerdas que lo mismo hacían bailar un trompo que sostenían el volantín huidizo proyectado hacia el azul; en los descampados que albergaban sueños de béisbol y toda algarabía tras las esferas de goma que convocan muchachadas.

Compañerismo en los estudios de secundaria cada vez más exigentes, más problematizados por los humores de la adolescencia, enredos de amores etéreos y conflictos platónicos. Y entonces llega el gusanito de la rebeldía abriéndose paso en las relaciones nebulosas, estableciendo camarote con quienes comparten sueños y riesgos (camaradas) y comenzando a desgranar en busca de compañías más selectas (de misma causa). Que en eso de arriesgarlo todo por los ideales, la confianza es cuestión de vida o muerte. Se es sectario o se perece.

Hay una manera bolivariana de amistad. La veo en su verbo llameante: “La amistad es mi pasión”; escribía en su carta a Leandro Palacios el 16 de mayo de 1817. Es cierto. Esa forma especial de afecto y lealtad la vemos en Bolívar con Sucre y Urdaneta, con su maestro Rodríguez más allá de las edades y las distancias.

También en mi alma de rockola se pasean lecciones de amistad al portador. Como esas canciones de Alberto Cortez que son recitales principistas de la amistad. Enseñanza que sólo la vida madura da: barco frágil…que navega seguro por el capitán amor que lo conduce. Nostalgia cuando un amigo se va…la canción como espacio de encuentro de sentires. La cátedra serena que embebimos con Serrat, ese experto que si sabe lo que quiere “decir amigo”. O el incesante buscar entre los versos el destino de quienes hemos querido, con la pregunta sencilla que escruta Pable Milanés: ¿dónde andarán? Y Alí Primera piensa que fue entre trastes donde se perdió la sonrisa que quema su guitarra. Amaury Pérez mirando fijamente la genial mirada de Silvio Rodríguez para decirle: yo tengo un amigo. Hasta la exageración poética de Nazoa creyendo que la amistad es mejor invento que la vida.

Dejo este regalo decimero para seguir andando, porque como la vida misma, la amistad es un camino donde lo humano puede mostrarnos su lado más puro, pero también puede darnos zarpazos desde ese horrible ser que habita en la traición.

 Mi amistad es un tren

Si en tren fuera la amistad

No existiría la traición

Porque la locomoción

Es llana cual la verdad

Recorriera vastedad

Con ligera rectitud

Exaltando la virtud

De tener un buen amigo

Que igual quiera ir contigo

En vejez y juventud.

II

Cuando la distancia importa

Por querer estar dos juntos

No olvides que entre dos puntos

La recta es la vía más corta

La que más nos reconforta

Cuando trae un parabién

Si el amor es el andén

Donde espera un corazón

En la próxima estación

Pido se detenga el tren.

III

Como me importa el ambiente

Me place ahorrar energía

En distancia o cercanía

Me gusta ver a la gente

De tren en tren ir sonriente

Saboreando calidad

Y dando cordialidad

En un viaje divertido

Que siempre será cumplido

Con total puntualidad.

 Y bien, lo dejo hasta acá, porque como dice un compadre muy querido: “Entre buenos amigos pocas palabras”. (Simón Bolívar. Cuzco, 21 de julio de 1825)

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