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Violación, por Roberto Hernández Montoya

Una violación es devastadora porque atropella la máxima intimidad, la femenina, que se constituye sobre un fondo cifrado y sigiloso. El violador profana el santuario y deja una reguera física, moral, emocional, para abolir toda sutileza, todo tacto, todo esmero.

El gozo del violador incluye la humillación que construye sobre la dignidad aniquilada. Cuenta con la sociedad que siempre gotea dudas sobre si la violada no lo provocó, porque tiene el privilegio supremo de dictaminar cuándo es provocado, haga lo que haga su víctima. Tal vez lo provoca precisamente su pudor, solo a él corresponde el veredicto inapelable de si fue provocado. Es una de las fuentes primarias del machismo porque todo varón tiene la potestad de violar, así ni lo piense siquiera. Desfila por el mundo perdonando.

Así está actuando la Asamblea Nacional, provocando y violando al país con leyes cuyo solo proyecto es un atropello al donde gentes. Promueve una Ley de Amnistía y Reconciliación Nacional que abofetea en cada artículo el entramado jurídico que constituye a cualquier nación como conjunto de pactos. Presumes que la gente de al lado no te va a apuñalar en lugar de saludarte. Un país descansa sobre la confianza en que nadie incendiará preescolares, ni quemará universidades, ni importará, guardará y usará explosivos alevemente, ni tensará guayas para degollar motociclistas, salvo dementes dignos de camisa de fuerza.

No es solo una ley impracticable sino que con la intención basta, aunque sus causantes han ido bastante más lejos que la intención, porque ya han perpetrado todo eso varias veces y pretenden crear el marco doctrinal y legal para ejercer un poder que no tiene antecedente ni en las clásicas satrapías persas, pues el rey asignaba al sátrapa un comisario para limitar su poder. Si esa ley se promulgare estaríamos ante un sistema de gobierno en que una pandilla despótica gobernaría sin ley, sin límites, sin apelación, sin casación, cual violador. Como la Reina de Corazones de Alicia que siempre ganaba en el juego porque cambiabalas leyes en su cabeza, a su conveniencia.

Dicen que Lavrenti Beria, el esbirro mayor de Stalin, elegía mujeres al azar en la calle para que se las llevasen a la cama. Ojalá esta Asamblea Nacional no termine como Beria.

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