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Venezuela y la independencia dominicana

Este próximo 27 de febrero se cumplen 173 años de la independencia de la República Dominicana. Gesta que a diferencia de los demás países latinoamericanos no se conmemora de una separación de España, sino de Haití que desde 1822 a 1844 invadió la parte española de la isla que los indios llamaban Quisqueya.

La vinculación de los patriotas dominicanos con Venezuela fue proverbial. Los sucesos de la independencia venezolana in uyeron en los acontecimientos de 1821, encabezados por José Núñez de Cáceres que se exiló en Venezuela. Santo Domingo declaró su independencia efímera de España en ese momento y colocó su territorio bajo la protección de la Gran Colombia de Bolívar.

A pesar de estos loables deseos de unirse a la República de Colombia, Estado compuesto por cuatro naciones, a saber, Colombia, Venezuela, Ecuador y Maracaibo, pesó más el elemento territorial de la unidad de la isla. En efecto, España, mediante el Tratado de Basilea, le había cedido a Francia todos los derechos de la isla.

Con el nombre de la Misión Pineda fue encomendada por los separatistas dominicanos al Dr. Antonio María Pineda, la tarea de participar al Libertador Simón Bolívar de esta decisión de anexión. Los detalles de este viaje de Pineda a Caracas son confusos y contradictorios. Unos historiadores dicen que nunca pisó territorio venezolano y otros dicen que al no encontrar a Bolívar en la capital venezolana, habló fue con José Antonio Páez. Bolívar fue informado en Bogotá apenas de esta decisión de Santo Domingo el 8 de febrero de 1822 y los haitianos invadieron el 9 de febrero de 1822.

Juan Pablo Duarte, el padre de la patria dominicana, vivió en Venezuela en los más remotos pueblos, en la capital Caracas donde murió en 1876, en el alto Apure y en la frontera con Brasil.

Poco se conoce acerca de la sorpresiva noticia que en 1890 leyeron los dominicanos en el periódico “El Mensajero”. En los Andes venezolanos, en una ciudad encerrada entre montañas, la lejana Mérida, vivió uno de los próceres que en 1838 habían jurado libertar a Santo Domingo. Se trataba de Félix María Ruiz y el Congreso dominicano había decretado trasladarlo a su patria con una pensión vitalicia.

Pero Ruiz no pudo retornar a su patria porque murió en la ciudad de las nieves, como llaman a Mérida. Cuando ya su vida se extinguía expresó al Congreso dominicano su gratitud, recordó a sus compañeros de aquella cruzada y expresó el regocijo que le producía saber que se le recordaba y emocionado luchaba con la muerte para tener vida y emprender la peregrinación del regreso a Santo Domingo con el cual ponía fin al destierro. En Mérida hubo duelo público, lo acompañaron al camposanto magistrados, estudiantes, sacerdotes, militares y su nombre fue incluido para siempre entre los libertadores de América. Sus cenizas fueron a Santo Domingo en 1943. Un poeta francés dijo una vez que “La ceniza de los muertos crea la Patria”.

 

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