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Sociedad abierta, por Ángel Rafael Lombardi

Si hemos de creer a Karl R. Popper en La sociedad abierta y sus enemigos (1945), sobre las condiciones de una sociedad abierta, entonces tenemos serios motivos para preocuparnos en la Venezuela de hoy.

Una sociedad abierta es básicamente una sociedad democrática, plural, tolerante y diversa. Cuyos gobiernos se encuentran bajo la supervisión y control de la ciudadanía. Las instituciones y órganos del Estado le sirven a la sociedad bajo el estricto amparo y cumplimiento de las leyes. La defensa de la libertad y los más sagrados derechos humanos que convalidan la posibilidad de vivir existencias dignas, son los pilares que sostienen a una sociedad abierta.

El gobierno, en una sociedad abierta, se ejerce a través de contrapesos y equilibrios entre los más diversos sectores, instituciones y grupos. El acuerdo y la negociación privan sobre las imposiciones. Las minorías gozan de representación y los intereses individuales deben expresarse sin interferir ni contravenir el bienestar público y social.

En una sociedad abierta las universidades, el arte, la ciencia y la cultura son autónomas, libres y contestatarias. No existe la censura y el periodismo se manifiesta de una forma vigorosa. La diversidad de opiniones puede ventilarse sin riesgo de que el poder aplaste.

En la sociedad abierta debe existir la justicia y prosperidad como precondición para el ejercicio y disfrute de la libertad. No hay soluciones únicas, ni partidos únicos, ni caudillos únicos, ni prensa única, ni educación única, ni pensamiento único.

Venezuela hoy se debate entre una sociedad abierta posible y deseable como proyecto humanista o una sociedad cerrada bajo el signo de la premodernidad, el anacronismo, el militarismo, la violencia, el desencuentro y la dictadura. No existe la menor duda, entre estas dos opciones, sobre cuál es la correcta, y por la que debemos luchar.

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