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Ramón Guillermo Aveledo // Política democrática

La mera sagacidad inescrupulosa para tomar y mantener el poder como  sea no es política, quien actúe creyéndolo  tal vez tenga éxito un tiempo en conservar un poder que se irá devaluando, a un costo enorme para la sociedad. Las experiencias del nacionalsocialismo, el fascismo y de los socialismos reales de Europa del Centro y el Este son elocuentes.  Reducidos a maniobra palaciega y purgas, la política no les hizo falta, aunque sí a las naciones que debían gobernar. Hasta que su carencia trajo la implosión de los sistemas que quisieron imponer.

La política no trata del poder y punto. Es mucho más que eso. Es el difícil arte de procesar tensiones, resolver conflictos y generar equilibrios. Dificilísimo porque más que el arte de lo posible, es el arte de hacer posible lo que es necesario. Así que solo es posible entenderla mirando el horizonte de sus fines: crear condiciones para el bien común. Y ¿cuáles son los medios de esta exigente tarea? Los lícitos, marcados por el derecho. Benedicto XVI citó a San Agustín al hablar al parlamento de su patria: “Quita el derecho y entonces, ¿qué distingue al Estado de una banda de bandidos?” Y recordó la propia experiencia alemana. Ellos vivieron “cómo el poder se separó del derecho…” y en ese pisoteo, en esa destrucción, “se transformó en una cuadrilla de bandidos muy bien organizada, que podía amenazar el mundo entero y llevarlo hasta el borde del abismo”.

La política hoy es la política democrática. Un complejo entramado de relaciones que garantiza mucha libertad y exige mucha responsabilidad. La democracia supone libertad de participación política y ésta libertad de organización. Para eso existen los partidos. Está en la Constitución y antes que en su articulado, en el sentido común, en la más elemental lógica democrática. Los partidos son medios de ejercer la libertad de las personas. El ciudadano puede escoger si milita o no y en qué organización lo hace. Aquí, cualquier imposición equivale a negación de derechos que son fundamentales.

Esos derechos son inherentes a la persona. Sean los de la libertad para participar en el gobierno o la libertad para pensar, creer, trabajar, crear, producir. Los que permiten vivir dignamente y progresar en paz, en un desarrollo, como no me canso de repetir que es el paso de un nivel de vida menos humano a uno más humano.

Si la superstición ideológica o la sed insaciable de poder enceguecen,  las consecuencias humanas pueden ser trágicas.

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