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Ramón Guillermo Aveledo // Petróleo venezolano, presente y futuro

El petróleo ha sido un dato principal en la economía, la política y la sociedad venezolana desde comienzos del siglo XX. País petrolero, hemos sido definidos incluso como un “petro-estado”. Enormes reservas siguen en nuestro subsuelo y no es sensato negar la influencia que puede tener en nuestro futuro inmediato, pero todos sabemos que nunca será lo que fue. El mundo cambia y seguirá cambiando y en ese ámbito, las preocupaciones medioambientales y el uso de otras fuentes de energía, marcan el paso de una transformación que pese a los intereses opuestos, es inexorable. En Venezuela también, una decadencia multiforme da voraces dentelladas a una industria otrora motivo de legítimo orgullo que era  parte de una estrategia nacional pensada, discutida y seguida consistentemente por gobiernos distintos, adaptándose a cambiantes circunstancias de las cuales se hacía seguimiento. ¿Era perfecta? De ninguna manera, más de una crítica podía hacérsele y se le hizo, pero demostró en sus líneas fundamentales pertinencia y capacidad.

El 10 de este mes se cumplen sesenta y un años de la fundación de la Organización de Países Exportadores de Petróleo, en Bagdad, evento trascendente que tuvo como uno de sus protagonistas principales y acaso su promotor más decidido y tenaz en Juan Pablo Pérez Alfonzo, Ministro de Minas e Hidrocarburos del gobierno de coalición democrática presidido por Rómulo Betancourt. La idea era regular el mercado y mejorar los precios obtenidos por el crudo y derivados, hasta entonces en términos muy injustos para los países productores. La OPEP era complemento internacional razonable para una política nacional de dominio de esa fuente de riqueza. Según lo acordado en Puntofijo, Pérez Alfonzo adelantaba su “pentágono petrolero”: OPEP, participación razonable, comisión coordinadora de la conservación y el comercio de hidrocarburos, Corporación Venezolana de Petróleo y no más concesiones. Entonces Venezuela era el mayor exportador mundial, como sería de 1928 hasta 1970 y el primer proveedor extranjero de los Estados Unidos, a pesar de restricciones contra las que nuestra diplomacia tenía que bregar.

Actualmente, de los trece miembros de la organización, nuestra producción sólo supera las de Gabón, Guinea Ecuatorial y el Congo. Nos aventajan incluso Irak y Libia en duros conflictos internos e Irán que tiene sanciones internacionales.

Es verdad que las sanciones afectan la capacidad exportadora del país, pero sin entrar aquí en la compleja causalidad que originó y mi opinión acerca de ellas y sus circunstancias, también es más que sabido que los problemas en nuestra industria las preceden. Políticas equivocadas, estrategias impulsivas o incoherentes, mala gerencia, corrupción, trato inapropiado a nuestros socios, incumplimiento de compromisos, uso y abuso de la corporación para fines distintos, graves fallas en el mantenimiento con impacto en las refinerías. Total, un cúmulo insólito de acciones y omisiones dañosas a la industria y al interés nacional, al punto que teníamos ya varios años importando combustible. Un caso para aquel “Aunque usted no lo crea” de Ripley.

Antes de la nacionalización que ya se asomaba su inminencia, en su libro Petróleo y Dependencia  de 1971, a un año de cuando la OPEP empezaba a dar resultados en la conferencia de Caracas, Pérez Alfonzo escribe que si no aprovechamos bien nuestro recurso y diversificamos nuestra economía nacional para disminuir la dependencia, ésta “se vendría al suelo” y sería una carrera perdida. Pero agrega, “En cambio, si logramos que el crecimiento económico no petrolero mantenga una carrera relativamente acelerada pero superior al aumento del Sector Petróleo, la situación podría considerarse de carrera ganada”.

Venezuela, este país con síndrome de Penélope, está ante el desafío de afrontar las retadoras condiciones mundiales con una capacidad interna menguada. Entender y afrontar ese reto inmenso, para el cual creo que sí estamos preparados, es inevitable.

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