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Ramón Guillermo Aveledo: Para servir: creer, hacer, atreverse

¿Cuál es el sentido de la política? Ser útil a los demás al contribuir a que la sociedad sea mejor, procurando que su gobierno sirva a la construcción del bien común. Valores, logros y coraje son tres de los ingredientes indispensables para una buena política. No los únicos, pero sin ellos, no esperemos nada de particular. Que toda práctica amerita su ética y su estética.

Delante de mi computadora, en la pared de fondo azul de mi oficina, ante mis ojos en un solo marco tres retratos. Momentos distintos de mi vida, recuerdan encuentros que tuve con personajes interesantes, impresionantes, inolvidables. No son los únicos, tampoco iguales mis relaciones con cada uno. Pero a esos tres los escogí para acompañarme en mi cotidianidad. Cada uno representa algo distinto que debo tener presente.

Una foto es a los veintiocho en San Antonio de los Altos con Arístides Calvani, ese maestro a cuya vera había tenido el privilegio de trabajar y aprender. Lo conocí y traté bastante, hasta su trágica muerte en 1986. Otra a los treinta, en Macuto con Adolfo Suárez, el presidente del gobierno español, antes de la cena que le ofrecía en La Guzmania el Presidente Herrera, una de las tres o cuatro veces que me encontré con él. La última ya a los cuarenta y siete, en el despacho de la Presidencia de Diputados con Oswaldo Payá Sardiñas, un héroe cubano de nuestro tiempo a quien vi sólo esa vez, murió en sospechosas circunstancias sin esclarecer.

Arístides Calvani representa los valores como guía. La política no es un compendio de tretas y trucos para obtener el poder y mantenerse en él. Así, no sirve a la gente y por lo tanto, no vale la pena. Bien sé que es fácil confundirla con eso y que para mucha gente, dentro y fuera del oficio, a eso se reduce. Los valores no son receta del éxito, fórmula mágica. Son sí, grandes líneas que orientan. Como las estrellas para el navegante, la brújula para el viajero. Calvani, parlamentario, ministro, dirigente político, formador, demostró con su vida que se puede hacer lo que se debe y cómo se debe. Que el éxito no es necesariamente premio del pícaro. ¿Cuál es nuestro objetivo? preguntaba cada vez que le presentábamos un problema por resolver.

Muy distinto a él fue Adolfo Suárez, conocido más bien por su simpático pragmatismo y su memoria fotográfica, pero no nos confundamos, su legado lo hace ejemplo del deber elemental del político: hacer posible aquello que es necesario. Venido del franquismo, fue timonel de la transición española a la democracia, una de las proezas históricas del siglo XX. Subestimado, envidiado, incluso incomprendido hasta en su hora decisiva, cuando por fin ganaba el respeto general por lo logrado, ya no podía saberlo porque la salud le había vencido, como no lograron hacerlos los obstáculos. Tenaz, insistente en lograr encontrar el modo, hizo de la reforma la tarea de su vida y de la concordia su propósito.

Oswaldo Payá se atrevió a buscar la democracia para Cuba viviendo dentro de Cuba. Con el Proyecto Varela, encontraba resquicios en la constitucionalidad, rendijas en el muro granítico del totalitarismo tropical, estrechos corredores en el sistema, para dar con una ruta pacífica hacia la libertad y la prosperidad. Se jugaba la vida, con una naturalidad conmovedora. Contaba sus peripecias como si nada, pues carecía de vanidad. Simboliza para mí la humildad del verdadero valiente.

Atreverse a hacer es atreverse a ser. A hacer política limpia, a trabajar para lograr lo que hace falta, a correr riesgos enormes sin envanecerse ni reclamar recompensa.

Aquí los tengo. A diario los recuerdo, para nunca olvidarlos, para nunca olvidarlo.

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