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Ramón Guillermo Aveledo // Holocausto

Con el lema “Recordemos hoy y por siempre”, al cumplirse setenta y cinco años de la liberación del campo de exterminio de Auschwits-Birkenau,  Naciones Unidas ha decido deducar el 27 de enero a las víctimas del Holocausto para promover en la sociedad civil “la acción colectiva contra el antisemitismo y otras formas de sesgo para garantizar el respeto por la dignidad y los derechos humanos de todas las personas del mundo”. El venezolano siempre ha sido un pueblo abierto al mundo con profundo sentido humanitario. No debemos permitir que la dura circunstancia nacional, nos aísle y separe de nuestras mejores tradiciones. Lo escribo desde el sentido universal que nos es propio y también, lógicamente, con aprecio y respeto por la comunidad judía venezolana, parte integral de nuestra historia como sociedad.

Abunda la literatura, la cinematografía y la documentación histórica sobre las estremecedoras, tenebrosas características de ese período abominable en el cual, bajo el nacionalsocialismo, el crimen se convirtió en implacable política de Estado. Dolorosamente no es el único caso, lo sabemos,  en la historia y para vergüenza de la especie no monopoliza la barbarie en el Siglo XX, tan cercano. Pero la maldad sistemática y la escala en la cual fue ejecutada lo singularizan.

“Las decisiones que llevaron a la sofisticación de una técnica de matar que despachaba a familias por un tren que paraba a solo metros de los crematorios tomó años para evolucionar. El régimen nazi fue uno en practicar lo que famosamente un historiador llamó radicalización acumulativa, por la cual cada decisión a menudo condujo a una crisis que llevó a una decisión aún más radical” lo leí en 2005 en Auschwitz, obra del investigador británico Laurence Rees acerca de Los Nazis y la llamada “Solución Final”. Antes la he referido aquí.

Goebbles, propagandista macabro y poderoso, reforzará el prejuicio al que Hitler había colocado en la calle real de su mensaje. Luchar contra la acción de los judíos, causante de la “tuberculósis racial de las naciones” gritaba un afiche nazi de los años veinte. Las “pasiones histéricas y fanáticas” como fuerza impulsora, dirá Churchill. Los jefes nazis decidieron aquella descomunal crueldad, pero la eficacia de los campos de exterminio fue posible funcionalmente por cerebros de ingeniería industrial, de sorprendente frialdad en memorandos técnicos y burocráticos. Como si nada.

Recordar, sí, para nunca repetir.

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