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¿Qué Venezuela queremos?, por Antonio Pérez Esclarín

Es bien evidente que el Gobierno perdió la brújula y confundió socialismo con populismo y capitalismo de Estado, al que los altos precios petroleros le posibilitaron implantar ciertas políticas sociales y crear una imagen de bienestar sobre pies de barro. El derrumbe de los precios mostró lo muy equivocadas que eran las políticas y caminos emprendidos que terminaron por hundirnos en el caos, penuria, escasez, inflación, miseria y violencia. Pero, si bien es esto cierto, no podemos renunciar a nuestros ideales de justicia que nos impulsen a trabajar por cambiar el rumbo de este mundo que es cada vez más inhumano. En cuanto a Venezuela, debemos trabajar por reconstruirla sobre las bases de la prosperidad pero también de la equidad, de modo que no olvidemos, sino que incluso privilegiemos, a los pobres y los perdedores de siempre y nos esforcemos por superar la pobreza, la miseria, la violencia y la improductividad. Para mí, la mayor tragedia del chavismo es que con su discurso redentor, su desconocimiento de la ética más elemental y su ineficacia en crear modelos alternativos y resolver los problemas del país, especialmente los de los pobres, ha socavado las bases del genuino socialismo y de la democracia republicana.

Porque sin duda alguna, nuestro actual mundo es cada vez más inhumano y más cruel y, en consecuencia, debemos abocarnos a cambiarlo. El 10 de diciembre de 1948, un centenar de países reunidos en París, firmaron la Declaración Universal de los Derechos Humanos: “Todos los seres humanos nacen libres y son iguales en dignidad y derechos”. Hoy, después de 68 años de aquella firma solemne, el mundo es más desigual e injusto que nunca: El 99 % de la riqueza está en manos del 1 % de la población, unos 70 millones de personas. De ellos, el 95 % son varones. Mil doscientos millones de personas en el mundo (entre ellos cada vez más venezolanos) deben vivir con menos de un dólar al día y junto a los grandes aeropuertos de algunas ciudades, tenemos hoteles para perros y gatos a 170 dólares la noche. El gasto militar en el mundo supera ya el billón, es decir, el millón de millones, de dólares al año. Aumenta el gasto militar y aumenta la miseria. Con tan sólo lo que se gasta en armas en diez días, se podría proteger a todos los niños del mundo, y sin embargo cada día mueren 30 mil niños por enfermedades fácilmente prevenibles y curables como el hambre, la deshidratación y la diarrea.

Por ello, en estos momentos en que inevitablemente nos acercamos a un cambio de modelo, debemos hacernos con rigor la pregunta de qué Venezuela queremos. Y la respuesta tiene necesariamente que juntar prosperidad y equidad. La prosperidad se logrará combatiendo con vigor la corrupción y con unas políticas productivas e cientes que posibiliten a las mayorías vivir dignamente de su trabajo.

La equidad va a suponer mantener, sanear y mejorar las misiones y otras políticas sociales que atienden a la población más vulnerable, que les permitan vida digna, contribuyan a disminuir las gravísimas y vergonzosas desigualdades y les ayuden a salir de la pobreza. No olvidemos que la genuina democracia sólo es posible en el marco de la justicia social, pues el primer requisito de la democracia tiene que ser asegurar la vida y el bienestar de todos.

 

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