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Pokémon Go, por Roberto Hernández Montoya

No he jugado PokémonGo porque hasta ayer no había llegado a Venezuela. Ni a México ni a Colombia, antes de que la sádica necedad me canturree que Venezuela está aislada.

Solo puedo entrepitear sobre lo que se comenta. En primer lugar que es el nuevo Gran Fenómeno de Internet. Cual Facebook y Twitter. Cada vez que se produce una manifestación así, se desatan reacciones rutinarias que van del entusiasmo desquiciado al pesimismo apocalíptico, ambos erróneos.

Hasta donde puedo ver de lejos, el jueguito es adictivo. Hay muchas adicciones: aparte de los sicotrópicos, están las telenovelas y matar afrodescendientes en EE. UU. Edward Snowden dice además que revelas tu ubicación e itinerarios al Big Brother. No soy propenso a la paranoia porque es un trastorno mental, pero ya lo dijo el recién fallecido dueño de Intel, Andy Grove: Solo los paranoicos sobreviven. Así que no está de más cierto grado sano de descon anza ante la CIA, la NSA, la Sureté francesa, el vecino, tu pareja o gente ociosa, como delincuentes y demás normalidades.

Cualquiera puede diseñar una variante en que tu pantalla es espolvoreada de información sobre productos comerciales, ideológicos, literarios, políticos, a medida que deambulas. Andas en una ciudad que no conoces y tu pantalla te avisa de un restaurante de comida local, un hospital que trata tu enfermedad, una persona que podría ser la pareja de tu vida. Esa que está sentada ahí tomando exactamente el tipo de café que te gusta, cáele ya.

Imagina un movimiento político inteligente (aprovecha si lo hallas, que no abundan) interesado en comunicarte sus puntos de vista sobre la investidura en España, Trump, separatismos fundamentalistas, la Liga Norte, Amanecer Dorado, Estado Islámico, neonazis, pero tranqui, que hablé de movimientos inteligentes.

Y hablando de inteligencia: un algoritmo astuto puede ir enriqueciendo el programa refinando la percepción de tus intereses y ascos. Epa, en el cine por cuya puerta estás pasando, dan una película de las que te gustan. En esa librería venden la novela que podría cambiar tu vida. No compres ese disco, que es una mugre.

En el Renacimiento se deben haber vivido vértigos y desconciertos similares. Hay que prepararse abriéndose a ideas quijotescas, es decir, sensatas.

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