El diario plural del Zulia

Noel Alvarez // Guerra o paz

“Primero hacemos la guerra, matamos a la gente, los enterramos y después hacemos la paz”. Este es un pensamiento anónimo, seguramente le pertenece a un maquiavélico personaje de esos que fabricaban armas muchos siglos atrás y después se arrepintieron de la crueldad generada por sus inventos. Uno de ellos fue Alfred Nobel, un ingeniero químico sueco procedente de una familia que se dedicaba a la fabricación de armas de guerra quienes llenaron al mundo europeo de artillería pesada, entre ellos su descubrimiento más famoso: la dinamita. Sobre este letal producto dijo: “Mi dinamita conducirá a la paz más pronto que mil convenciones mundiales. Tan pronto como los hombres se den cuenta de que, en un instante, ejércitos enteros pueden ser destruidos, seguramente pactaran una paz dorada”. La dinamita lo hizo multimillonario.

También escribió Nobel: “Solo buenos deseos no garantizan la paz”.  Para el ingeniero nacido en Suecia, la paz era una labor loable. Se ha especulado que la razón de esta idea era el remordimiento que el sueco sentía al ver los daños que su invento más afamado había causado en la guerra. Él sufría de una severa depresión en la que se vio sumido luego de la muerte de su hermano mientras experimentaban con nitroglicerina. Su descubrimiento causó mucho daño y a lo largo del tiempo ha sido el juguete preferido para asesinar gente, pero todo esto, siempre en nombre de la paz.

La violencia y la guerra siempre han estado presentes en la historia de la humanidad. Se fundan en las diferencias entre las personas para obtener el poder territorial, económico y político. Los opresores se perciben como superiores a los dominados. Creen que su cultura, religión, ideología o raza está por encima de la de los sometidos. Este hecho es contrario a la democracia, ya que, en este devenir, los derechos de los ciudadanos son vulnerados y las consecuencias bélicas generan un desequilibrio político, jurídico y principalmente económico.

La parte opuesta a la guerra es la paz. La paz es necesaria para mantener el equilibrio social, y de esta forma un Estado puede mantener la armonía entre sus ciudadanos. La tranquilidad de los pueblos, pero ¿a favor de quién? ¿De un dictador? Este camino nos lleva al pilar más importante del desarrollo humano:  la democracia. Tal y como lo afirmó  Mario Vargas Llosa en el prólogo del libro Memorias: “Democracia, palabra hermosísima, pariente sanguínea de la libertad y de las mejores cosas que le han pasado a la humanidad”. Es necesario destacar, entonces, ese principio fundamental que suele ser violentado por todo tirano: la libertad, entendida ésta como la capacidad de obrar o no obrar a lo largo de la vida, bajo la propia responsabilidad y dentro de las limitaciones que dicta la realidad, teniendo la posibilidad de elegir.

Algunos especialistas en asuntos bélicos sostienen que la paz en boca de un sanguinario dictador significa sometimiento y su perpetuidad en el poder. La historia está llena de siniestros personajes que ofrecían paz a cambio de rendición. Otros más actuales, ofrecen amor, mientras persiguen y asesinan a quienes se les oponen.  En el Museo Arqueológico de Estambul se halla el tratado de paz más antiguo del mundo, el Tratado de Kadesh. Este documento fue firmado por Ramsés II y el rey Hattusil III. Egipcios e hititas lo formalizaron en el año 1269 antes de Cristo, dieciséis años después de la batalla sangrienta que enfrentó a ambos reinos y que se cobró la vida de muchos ciudadanos. Se escribió en caldeo, la lengua diplomática de la época. Es un tratado de gran trascendencia para la época porque por primera vez se incluían cláusulas de protección al refugiado político.

Cuando usted oiga a un dictador hablar de amor de paz o inclusión, prepárese para pelear o huir porque lo viene es plomo o gas del bueno. Hitler, por ejemplo, entre tantos amantes del belicismo y la muerte, cada vez que se anexaba un territorio les manifestaba a los vencidos sus deseos de paz y fue conocido entre sus seguidores como “paladín de la paz”. En 1941 le ofreció la paz a Winston Churchill si se rendía. Lo mismo prometió a rusos y norteamericanos cuando lo tenían rodeado en Berlín. Polonia y Austria recibieron su cariñito de “paz”.

Dentro de sus cínicas manifestaciones en favor de la paz, Hitler pronunció en Berlín un discurso en el que invitó a todos los pueblos a entrar en la órbita de la razón, allí dijo: “La guerra solo es útil para los fabricantes de cañones, armas, aviones y municiones; pero espantosa para sus víctimas. Y esta lucha de aniquilamiento no se limitaría al continente, sino que se prolongaría hasta muy lejos, más allá de los mares. Europa estallaría en fragmentos de proyectil y el pueblo se convertiría en ríos de sangre sobre los campos de batalla. Llegará un día en que existirá una frontera entre Francia y Alemania; pero en cada lado, en lugar de ciudades florecientes se extenderán campos en ruinas y cementerios sin fin”.

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