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Noel Álvarez // En dictadura, la prensa es aburrida

Hay algo perturbador en los procesos revolucionarios: La prensa independiente es un ciclo tan antiguo como el tribalismo. Todo comienza con la ignorancia. La ignorancia genera miedo. "El miedo genera odio, y el odio genera violencia. La violencia provoca más violencia hasta que la única ley viene dictada por la voluntad del más fuerte", escribió el periodista británico David Mitchell, en su novela El atlas de las nubes.

El miedo y la censura desde las altas esferas gubernamentales son negocios rentables desde la noche de los tiempos. En la lógica de la guerra, el anticipar por los medios más salvajes, el terror del enemigo ahorra muchos esfuerzos. Como dice el poeta español Claudio Rodríguez: “La noche oscura no necesita cantares y se beneficia del silencio…” El apoyo de una prensa libre e indomable, como debe ser siempre en democracia, ha sido esencial para establecer y denunciar la violación de principios y valores básicos y para preservar esa norma sin la cual no existe verdadera institucionalidad democrática.

La rentabilidad del terror, la sociedad mediática y las nuevas tecnologías están enteramente al servicio de los dictadores. Les da mucho poder para controlar la prensa, radio o televisión. Ni que decir de los portales web, silenciados arteramente en nuestro país. En este extremo, las causas eficientes del miedo humano se igualan. Eso da más miedo que la emboscada originaria. Como menciona el periodista Xavier Márquez, “una forma de ejercer el poder es a través de la censura”.

Según Márquez, el problema es que, para mantener tranquilos a los ciudadanos, el poder también se arriesga a que le publiquen contenidos contrarios a la ideología oficial. Una prensa absolutamente controlada, como en las tiranías, aburre y, por lo tanto, solo es tomada en serio precisamente por los más fanáticos seguidores, quienes son, al fin y al cabo, los que menos la necesitan, mientras que una prensa libre es más atractiva, pero a la vez fracasa en el adoctrinamiento.

En consecuencia, a menudo la censura es llevada a cabo de una manera bastante grosera. Márquez nos da abundantes ejemplos de los primeros años del régimen de Franco, cuando el gobierno intentaba controlar la opinión pública a través de consignas, muchas de ellas a menudo involuntariamente humorísticas. Esto aburría al propio Franco, quien prefería el New York Times, por considerarlo una fuente muy fiable sobre la masonería internacional. Pero las cosas han cambiado mucho desde entonces, y la nueva represión es más sofisticada, en parte gracias al avance de la tecnología.

En un estudio sobre las redes sociales en China, un destacado grupo de politólogos, llevó a cabo un esfuerzo descomunal para analizar el comportamiento de los censores gubernamentales. En el gigante asiático, al contrario que en Europa y el resto del mundo occidental, el mercado de las redes sociales está muy fraccionado y hay cientos de proveedores. El Gobierno actúa tanto de forma descentralizada, mediante censores que dependen de los propios proveedores, como a través de empleados públicos: la llamada policía de internet. Son miembros del partido y monitores, que en total podrían llegar a casi trescientos cincuenta mil, en número, que supervisan de manera manual lo que se publica.

Dado que el control no es automático, hay un tiempo que transcurre entre la primera publicación de un mensaje y su posterior edición o eliminación por parte del censor. Los investigadores guardaron todo lo publicado en un período de tiempo determinado y luego analizaron qué tipo de publicaciones se habían censurado. Lo curioso es que, “al contrario de lo que uno podría imaginar, el Gobierno no parece tener un interés especial en censurar las críticas hacia el régimen, el partido o autoridades concretas”, señala el trabajo del panel de expertos. Las críticas rutinarias a las promesas de democratización, como, por ejemplo, el que la democracia intrapartido es hoy en día una excusa para perpetuar un régimen de partido único, pasan el filtro del régimen comunista.

La idea que se intuye es que, gracias a la información disponible, el régimen chino ha conseguido encontrar el relativo equilibrio que perseguían sus antecesores autocráticos, en el negocio de la represión: el permitir relativa libertad a los ciudadanos para que critiquen lo que deseen, de forma que la red siga teniendo interés tanto como plataforma de consumo de información, como para el desahogo de frustraciones y enfado. Todo ello, por supuesto, siempre que no redunde en una mayor capacidad organizativa o de resistencia de la población.

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