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“No quiero la muerte del pecador sino que se convierta”, por Padre Jaime Kelly

La vida proviene de Dios como don inefable de su amor, y quien nos da la vida sabe y conoce de nuestras debilidades físicas, emocionales y espirituales, pues para Dios nada está oculto (Sal.139). Dios creó al hombre y a la mujer a su imagen y semejanza (Gen.1,27) y le dio la libertad para actuar, pero por la desobediencia, el pecado entró en la vida del hombre y con él todas las calamidades que lo aquejan (las enfermedades, el sufrimiento y la muerte) (Gen, 3).

Es justamente por el pecado que perdemos la Gracia de Dios y que no podemos ver el rostro amoroso del Padre , como les pasó a Adán y a Eva cuando dejándose seducir por el maligno comieron del fruto prohibido (Gen.3) y Caín por envidia mata a su hermano Abel (Gen, 4); y a lo largo de la historia el hombre ha actuado en tantas ocasiones a espaldas de Dios, incluso colocando ídolos (animales y hombres) en su lugar, en vez de Adorar al único y Verdadero Dios, por quien se vive.

Pero la Misericordia de Dios es infinita y ante la actitud de pecado, busca la manera que el hombre pueda recuperar la Gracia. Como nos dice nuestro Papa Francisco: “Dios no se cansa nunca de perdonar, somos nosotros los que nos cansamos de acudir a su misericordia”. El Señor no sólo nos da su Palabra sino que se da a si mismo, para que tengamos vida y la tengamos en abundancia. Él es la Vida y siendo el Camino, nos invita a que le sigamos; la condición es cargar nuestra Cruz (Lc 9,23), pero sabiendo que con Cristo el yugo es suave y la carga ligera (Mt. 11,28).

Sin embargo, hermanos, en ocasiones preferimos el camino fácil, y ante la difi cultad, la enfermedad y el dolor, buscamos la puerta ancha, y tristemente vemos como muchos caen ante las falsas ideologías (santería, espiritismo o el ocultismo) que quieren enmascarar la acción del maligno, y colocan su fe en amuletos, en ritos que no son de Dios. Queremos orar a Dios para que nos sane y nos libere, pero al mismo tiempo estamos haciendo lo que no le agrada a Dios (Rom.13;1).

Nuestro Padre Dios, es rico en misericordia, pero también es justo y celoso (Ex.20,5 ). Dios quiere que realmente nos comportemos como sus hijos confiando sólo en Él.

Si queremos realmente que Dios nos sane, debemos comenzar por convertirnos a Él. “Yo soy el Señor, el que los sana a ustedes….” Ex. 15,26. Arrepentirnos de aquello que nos ha mantenido alejado de Dios, de su amor, buscar la Gracia de su perdón. Actuar conforme Él mismo nos ha enseñado, viviendo realmente según los 10 mandamientos (Ex.20,12-17) que se resumen en saber amar a Dios y a nuestros hermanos, y en la medida que vamos dejando que Dios actúe en nosotros el milagro de Su amor hará que podamos alcanzar lo que nuestro corazón requiera, recordemos que la oración del justo siempre es escuchada (St.5,16).

No perdamos la ocasión que nos brinda la Cuaresma para volver nuestros ojos hacia el único que puede darnos la Sanación y la Salvación. Si oramos al Padre hagámoslo confiando en que Él siempre sabe lo que es bueno para sus hijos. Clamando a Su Divina Misericordia, de la mano de nuestra Madre la Virgen María, honrada como nuestra Señora de Lourdes, salud de los enfermos, oremos no sólo por nuestra sanación sino también por la de nuestra familia, nuestra patria y la del mundo entero.

 

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