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Monarquía absoluta, por Julio Portillo

Venezuela está convertida en una “monarquía absoluta”, no solo por la falta de separación de los poderes. Las decisiones del Gobierno las viene tomando el “Rey Nicolás”, sin consultar a ninguno de los poderes, no convoca al Consejo Federal de Gobierno para discutir el devenir del país. La consecuencia es de una gravedad extrema: coloca hasta en peligro la unión de la República que la constituye el pacto de los Estados, sobre la base de un gobierno regido por una constitución democrática.

La tragedia actual de Venezuela, la caracteriza la desaparición de la libertad, conversión de la República en un Estado totalitario, existencia de un gobierno corrupto, los lujos de los personeros del régimen y de sus familiares, falta de organismos fiscalizadores, un gobierno ineficiente con testaferros en el exterior y entre otras cosas la concentración del poder en un mandatario déspota y grosero.

La camarilla que rodea a Maduro se ha encargado incluso de hacerle creer que su poder más allá de los votos, le viene de la escogencia que hizo de él Chávez para gobernar. Aristóbulo lo ha confirmado recientemente al decir “Maduro es el hijo de Chávez”. Solo le faltó exclamar “Muerto el Rey, viva el rey”. Se trata entonces de un poder hereditario. El corifeo de apoyo de su reducido círculo a la convocatoria de una inconstitucional constituyente, le ha conferido incluso el atributo de infalible.

Dos características más confirman esta especie de régimen, muy parecido a aquellos de la Europa del siglo XVIII. La primera existencia de una diplomacia que, a ejemplo de la Gestapo de Hitler, persigue a los venezolanos en el exilio. Así ocurrió en Washington con Roy Chaderston y los estudiantes y ha pasado recientemente en España y Corea del Sur.

La segunda, un gobierno empeñado en liquidar la oposición no solo con el creciente control de los medios de comunicación, el asesinato de manifestantes en las calles, sino con el propósito de uniformar el pensamiento a través de manuales en las escuelas, obligatoriedad de los funcionarios públicos de concurrir a las concentraciones cada vez más escuálidas del régimen, pretender la incondicionalidad al dictador del ejército y la asfixiante administración centralizada.

Pero el desprestigio mundial de la figura del mandatario, la cada vez más vigorosa oposición de las calles en todos los rincones del país, los saltos de talanqueras de jerarcas del régimen, la opinión pública internacional en contra, la analogía histórica entre el plebiscito de Pérez Jiménez y la constituyente de Maduro, los diagnósticos de las encuestadoras, van coincidiendo en un vaticinio inexorable: todos los caminos conducen a la defenestración del dictador.

Esta devoción fetichista, como diría Churchill, en el caso de Maduro, es una cosa efímera, esto no puede durar mucho tiempo.

La aurora está al llegar.

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