El diario plural del Zulia
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¡Madre de la Esperanza!, por Jaime Kelly

En el mes de noviembre honramos a nuestra madre María, especialmente bajo dos de los títulos con los que se adorna la hermosura de la mujer elegida por Dios, para ser la madre del Mesías Salvador: “María del Rosario de Chiquinquirá y Nuestra Señora de la Medalla Milagrosa”. Ella, la Santísima Virgen María, concebida sin pecado original, santa e inmaculada, que se mantuvo con la misma pureza y santidad con que salió de las manos amorosas de Dios, la “Llena de Gracia”.

El 27 de Noviembre recordamos la aparición de nuestra santísima madre a Sor Catalina Labouré, religiosa vicentina de la Comunidad de las Hijas de la Caridad, en Francia, en el año 1830, cuando le pidió que acuñara la medalla que plasma su imagen y cuyos símbolos encierra su mensaje, diciéndole: “Que quien llevara la medalla con confianza tendría grandes gracias”. Gracias que son reflejados en su imagen, en los rayos que salen de sus manos y que, como ella misma le dijera a sor Catalina: “Son Gracias y bendiciones que derramaba sobre los que la invocaban, pero que había muchos rayos perdidos por otros tantos no devotos”. Son muchos los que con devoción portan una medalla o estampa de nuestra madre y muy especialmente en la advocación de la Virgen de la Medalla Milagrosa.

Contemplar la vida de nuestra madre es descubrir una vida de cumplimiento exacto de la voluntad de Dios. Desde su sí confiado, en la encarnación, y durante todo el transcurso de su vida al lado de su hijo amado Jesús, compartiendo en el hogar de Nazareth, en su misión y en su dolorosa pasión y muerte; y luego, manteniéndose junto a sus hijos, legados al pie de la cruz.

María, es la mujer perfecta en el cumplimiento de la palabra de Dios, por eso estamos llamados a imitarla, honrarla y acogerla como fieles discípulos de su hijo.

San Luis María Gringnon de Monfort, refería que existen varias prácticas de la verdadera devoción a la Virgen, entre otras: “-Honrarla como madre de Dios, estimarla y reverenciarla más que a todos los santos. –Meditar sus virtudes, privilegios y sus acciones.–Contemplar sus grandezas e invocarla.–Rezar con devoción el Santo Rosario. –Portar una medalla o el santo escapulario”; y con estas prácticas podremos mostrar nuestro filial afecto a quien merece nuestro amor como nuestra madre.

Iniciamos además un nuevo año litúrgico para recorrer en él toda la historia de la salvación, en especial la vida de nuestro Señor Jesucristo, Rey y Señor de nuestra historia, por quien todo fue hecho y sin él nada existiría. Con el adviento que es tiempo de preparación, tiempo de reflexión, de cambio, de estar atentos, vigilantes en la dulce espera, alegre y llena de esperanza. Nos unimos a María, madre del adviento y de la esperanza, junto a San José, a “soñar caminos”, en la espera gozosa de quien trae en sus manos nuestra salvación, el “Príncipe de Paz”, Jesucristo, Emmanuel, Dios con nosotros.

Hermanos, acojamos a María con confianza, oremos con ella, imitemos sus virtudes y respondamos a sus llamados para vivir para Dios en Cristo Jesús, y disfrutemos de las gracias que alcanza del cielo para cada uno de nosotros, sus hijos. Con nuestra madre oremos, en este hermoso tiempo, desde nuestro corazón diciendo: “Ven Señor no tardes”… a nuestra vida, a nuestra familia, a nuestra Patria.

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