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“La Salida”, por Ángel Lombard

2016 se ha convertido en un año-encrucijada, o como diría Karl Jaspers, un tiempo-eje. Todo indica que es un año decisivo para la sociedad venezolana. La llamada crisis alcanzó sus bordes o límites, una crisis del modelo rentista petrolero que se venía agotando en los últimos 30 años y al mismo tiempo se venía advirtiendo por las voces más lúcidas de nuestro país, entre ellos, los emblemáticos Arturo Uslar Pietri y Juan Pablo Pérez Alfonzo.

La crisis económica y social ha sido recurrente en estas últimas tres décadas, con sus respectivas coyunturas de crisis política. La primera advertencia visible fue el viernes negro de 1983, después, el Caracazo de 1989, en parte espontáneo y en parte inducido, y por último, la intentona golpista de 1992, la renuncia de Carlos Andrés Pérez y, en 1998, la elección popular del antiguo golpista. Transcurridos 17 años, no sólo la crisis no se ha resuelto sino se ha agravado hasta niveles dramáticos, creando en este año un verdadero problema de gobernabilidad y vacío de poder que debiera obligar al gobierno a intentar un diálogo con la oposición, de lo contrario la oposición está casi obligada como aparentemente intenta hacerlo, de buscar una “Salida” constitucional con la urgencia que la crisis económica y social demanda.

“La Salida” que los hechos demandan, pudiera ser un diálogo constructivo tal como lo planteó hace dos años el expresidente brasileño, Lula da Silva, y en los últimos meses, Eduardo Fernández. Este posible diálogo debería comenzar con un gesto político de respeto mutuo y reconciliación nacional entre gobierno y oposición, asumiendo por unanimidad la Ley de Amnistía y el regreso de los exiliados. Sobre esta base se asumiría la urgente y grave problemática económica y social para concertar soluciones prácticas y efectivas, más allá de ideologías y doctrinas excluyentes. En la construcción de este deseable diálogo todos somos responsables, pero es al gobierno al que le toca tomar la iniciativa al respecto.

Si el gobierno no entiende el momento político y la gravedad de la situación, es inevitable que el país político tenga que explorar y transitar las diversas vías constitucionales que permitan generar, lo más pronto posible, un cambio de gobierno y un cambio de políticas.

El tiempo de la crisis, aparentemente, se agota en este año 2016, pero como tantas veces se ha dicho y repetido, los peores tiempos pudieran terminar convirtiéndose en los mejores tiempos, si encaramos las problemáticas actuales con la sensatez necesaria y transitamos todos los cauces legales y pacíficos que una democracia efectiva nos exige, en ello todos ganamos, gana Venezuela y los costos políticos, económicos y sociales disminuirían considerablemente y facilitarían una transición en donde todos los actores políticos tendrían cabida.

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