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La piñata revolucionaria, por Énder Arenas Barrios

Cuando era niño, no se sorprendan, alguna vez lo fui. Obviamente no era un ¨bebé querido¨, pero puedo decir con orgullo que siendo el muchacho más feo nacido en La Pomona, mi mamá me adoraba como si yo fuera su primer muñeco y, en realidad lo era, pues ella rozaba los trece años y piquito cuando yo tomaba leche de sus senos. Bien, cuando yo era niño me fascinaban las piñatas.

Recuerdo que cuando cumplí cinco años mi mamá me compró una de Superman (el hombre de acero, aun cuando el que mi mamá me compró era de cartón piedra), carajo, yo adoraba tanto esa piñata, que dormía con ella, la sentaba conmigo en la mesa y le daba puñitos de arroz con frijolillo de cabecita negra, pues yo juraba que a Superman le encantaba, esto lo hice hasta que llego el día de la fiesta y el pobre Superman parecía más bien un indigente con la cara llena de salsa de espaguetis.

Hoy las piñatas no han cambiado, los carajitos siguen eligiendo el del superhéroe: Spider Man, Hulk, Capitán América, etc., y las niñitas apuestan por Ana, la de Frozen. Sin embargo, hay una piñata que ya no es la misma; se trata de la piñata revolucionaria. Esta ya no viene rellena de “sacamuelas”, ni pepitos Alfredo, ni caramelitos, tampoco peloticas, carritos y muñequitos de plásticos. Tampoco los invitados son niños que asisten acompañados por la odiosita o la desconsiderada madre o la hermanita mayor que es gordita, que tira a todo el mundo al suelo y ella se lanza sobre los juguetes y no deja acercar nadie.

Esta piñata es ahora enorme piñata, aunque se ha reducido bastante de tamaño, viene en forma de “Comandante con boina roja” en la que todos los individuos, no son muchos, gritan animados por un payasote: ¡daaale! ¡daaale!, hasta que cae al suelo y todos se esmollejan para coger y recoger y volver a coger del suelo unos papelillos verdes. Con estos papelillos cae otra vaina que un tipo atildado de cabello blanco y voz finita como si se le quebrara les dice a todos los que se pelean por agarrar lo que cae: “déjense de vainas, esas letras del tesoro son mías”.

De ninguna manera la fiesta no termina y no ha terminado cuando se revienta la piñata, siempre queda algo que lo meten en el cotillón, que es tan codiciado o más que la propia piñata y la torta, coooño, la torta, nadie se va hasta que no la piquen y que le den su pedazo.

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