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La felicidad que llevamos dentro, por Manuel Ocando

En la década de los setenta se descubrió de manera casual que nuestro complejo sistema endocrino o de hormonas es responsable de nuestro ánimo. Desde entonces el conocimiento de las endorfinas o las “hormonas de la felicidad” ha supuesto una verdadera revolución en el tratamiento de las patologías mentales y otros tipos de malestar emocional.

El principal causante del malestar emocional es el estrés. El estrés emocional continuado daña el cerebro, afecta al tamaño de sus estructuras, causa muerte celular y merma las conexiones cerebrales. Al sentirnos presionados emocionalmente, el cerebro recibe cortisol, la hormona del estrés por excelencia, en dosis demasiado altas. Un cierto nivel de esta hormona puede ser bueno lo que se ha dado en llamar euestrés, porque nos prepara para la defensa, pero en grandes dosis nos angustia, cansa, despista y deprime que es lo solemos conocer como distrés.

En nuestro cerebro se produce una manifestación entre las hormonas positivas y las negativas si se secretan en exceso. Las primeras, como la serotonina o las endorfi nas, nos hacen sentir bien, mientras que las segundas (adrenalina, cortisol) nos producen malestar. El cortisol debilita el sistema inmunitario y deteriora nuestras capacidades cognoscitivas, además de impedir que el cerebro se regenere con nuevas neuronas.

El doctor Juan Hitzig, profesor de gerontología en la Universidad Maimónides de Buenos Aires, ha elaborado con estas evidencias científi cas el llamado Alfabeto Emocional SARD. Sus estudios de las personas longevas y saludables demostraron que existe una conexión entre la mente y el cuerpo. La mente es energía pura que motoriza tu pensamiento.

Según Hitzig, cada pensamiento genera una emoción y cada emoción moviliza un circuito hormonal que tendrá impacto en los millones de células que forman parte del organismo. Las conductas denominadas S (serenidad, silencio, sabiduría, sabor, sexo, sueño, sonrisa, sociabilidad), son impulsoras de la serotonina, una hormona generadora de tranquilidad que mejora la calidad de vida, aleja las enfermedades y retarda la velocidad del envejecimiento celular. Mientras que las conductas R (resentimiento, rabia, rencor, reproche, resistencia, represión) facilitan la secreción de cortisol, una hormona corrosiva para las células, que acelera el envejecimiento.

Las conductas S generan actitudes A: ánimo, amor, aprecio, amistad, acercamiento. Las R, por el contrario, originan actitudes D: depresión, desanimo, desesperación, desolación, desamparo.

Con solo aprender este simple alfabeto emocional de cuatro letras (SARD) desde edades tempranas, podemos lograr que más gente viva más tiempo y mejor.

Ante los acontecimientos, o informaciones proveniente del entorno en que vivimos, podemos sentir una emoción positiva de acercamiento, tranquilidad y relajación que genera mucha serotonina, o puede ser una emoción negativa de rechazo alarma y estrés con producción de mucho cortisol.

En consecuencia, debemos convertir la secreción de endorfinas en nuestra labor para lograr el equilibrio y no sentirnos vencidos por el estrés, que nos limita.

Las hormonas positivas son la única fuente sana de placer, lejos de sustancias adictivas que nos conducirían al peor de los abismos. La felicidad la llevamos incorporada: solo tenemos que descubrir qué actividades disparan el proceso serotoninico, observando simplemente lo que nos hace sentir bien. Pero esto se logra si hacemos el esfuerzo consciente de ser felices e implica que desarrollemos los hábitos y las actitudes de las personas que son felices.

No es fácil cambiar nuestra manera de pensar, nuestras actitudes y nuestro comportamiento; sin embargo, hacerlo podría cambiar por completo nuestra vida.

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