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La decadencia de la democracia en Venezuela, por Manuel Ocando

Una decadencia es la extinción de ciertas características de una sociedad, que podemos percibir claramente en nuestro presente. Al n y al cabo la palabra implica declive, caída o empeoramiento. Durante décadas vimos cómo la democracia se expandía por el mundo, difícil pensar que una vez que un país opta por un sistema democrático su población quiera cambiarlo, sin embargo, en este proceso de expansión vemos que en Venezuela el modelo es aprovechado por populistas que acomodan las reglas del juego democrático debilitando o descomponiendo el sistema democrático.

La democracia venezolana está desde hace tiempo en decadencia, algo que se ha intentado ocultar durante muchos años gracias a la ayuda de diversos actores de la comunidad internacional, que han mediado cada vez que se acentúa la crisis. El chavismo lleva casi dos décadas sin descanso concentrando la mayor cantidad de poder. Todas las instituciones del Estado han sido controladas con un total desequilibrio.

Vivimos una especie de enfermedad de la decadencia como lo expresa Mireya Vargas en su obra País en regresión, una enfermedad en la que todo es desprecio por el otro, desprecio incluso por la propia condición humana, y cuyos síntomas son el sectarismo y el fanatismo febriles, que se repiten de manera casi endémica. Donde la ética pierde su importancia, las instituciones pierden su vigencia y las leyes son meramente referenciales.

El triunfo de la oposición en las elecciones parlamentarias de diciembre, cuando se hizo con la mayoría de la Asamblea Nacional, rompió con la hegemonía de poder que tuvo el chavismo durante años. A continuación, el Gobierno actual comenzó una campaña para deslegitimar y quitarle facultades constitucionales a través del máximo garante de Justicia del país, formado en gran parte por jueces que en el pasado reciente eran miembros del Partido Socialista Unido de Venezuela. El máximo tribunal de la legalidad del país se ha convertido en una especie de escudo del Ejecutivo para contrarrestar cada una de las decisiones tomadas por la Asamblea Nacional.

El Gobierno establecido por el chavismo en Venezuela no es una dictadura como muchos lo han catalogado, pero tampoco es una democracia como los dirigentes del PSUV quieren hacer ver. Todo parece, de acuerdo a los indicadores que estamos viendo, que estamos caminando hacia un autoritarismo hegemónico, porque hay características que tienen que ver con cada tipo de régimen, y lo que estamos notando, las características que se están desarrollando en este momento se corresponden ya más a un pase de un autoritarismo competitivo a uno hegemónico.

Si es cierto o no que en Venezuela existe uno de estos dos tipos de autoritarismo o una combinación de elementos de ambos no es relevante ahora, pero los torpes modales de los que hace gala en estos días el ejecutivo gobernante, obligan a no bajar la guardia; hacer un esfuerzo máximo para recuperar la unidad y batallar para preservar los cada vez más débiles hilos que aún nos permiten a los venezolanos mantenernos ligados a la democracia.

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