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La claridad en política, por Ramón Guillermo Aveledo

El pensamiento político es solo una dimensión de la política. Lo escribe Ortega y Gasset en su ensayo Mirabeau o el político. Piensa que es dilemático. Se viene al mundo a hacer política o se viene al mundo a hacer definiciones. Sin embargo, el filósofo está muy lejos de depreciar la teoría. Su afirmación habla de la diferencia entre la práctica política, propia del político, y la teoría política que elaboran los intelectuales. Por eso invita a no olvidar la importancia de la teoría y no prescindir de ella y, a propósito, recuerda a Leonardo da Vinci, para quien la ciencia (teoría) es el capitán y la práctica la tropa.

Al final del día, lo orteguiano es no confundir el arquetipo del político, que sería alguien como Mirabeau, posibilista incurable siempre dispuesto a la transacción, con el ideal del político. Porque para él, “Política es tener una idea clara de lo que se debe hacer desde el Estado en una nación”.

Pueden presentarse al político dilemas entre su pericia profesional y su ética, tal y como lo plantea el académico español Manuel Alcántara. Desde la experiencia Patricio Aylwin dice que puede haber políticos testimoniales y políticos responsables. Aquellos quieren dejar constancia histórica de su postura, estos no se conforman con eso y quieren incidir en el mundo real, buscando acercarlo al propósito del bien común. Y no duda en sentenciar que cuando las opciones son difíciles o, al menos, no son claras, “lo correcto, ético, lo corajudo es escoger el mal menor y no simplemente levantar las manos o intentar a toda costa una solución perfecta pero imposible en la realidad”. Es la diferencia entre intentar hacer el mayor bien posible o, simplemente, quedar bien. ¿A dónde mirar? El bien común es la brújula del estadista chileno.

Max Weber dice que las tres cualidades del político son pasión, responsabilidad y mesura. La pasión es positividad y entrega a la causa, diferente de la “excitación estéril”. La mesura es sentido de la realidad, distancia con los hombres y las cosas. Sentido de las proporciones, podríamos decir. Esa cualidad tan ajena a los mesianismos. Y, quede como útil lección para políticos jóvenes, en los cuales uno siempre tiene esperanzas. La vanidad es el enemigo mortal del político, y sus pecados capitales, la ausencia de finalidades objetivas y la falta de responsabilidad. Claridad en lo que se quiere y claridad en lo que se puede, son los pilares de la claridad en lo que se debe hacer.

 

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