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Jubileo de la Misericordia, por Antonio Pérez Esclarín

El pasado 8 de diciembre, su Santidad el papa Francisco dio inicio al año Jubilar de la Misericordia. Misericordia
significa tener el corazón vuelto a las miserias y sufrimientos de los demás y acudir a remediarlos. Jesús es el rostro de la Misericordia del Padre y dedicó toda su vida a combatir las raíces del mal y el sufrimiento.

Para Jesús, Dios es un Padre-Madre misericordioso, cuya justicia es el perdón. Dios siente hacia todas las personas lo que una madre siente hacia el hijo que lleva en sus entrañas. Y porque Jesús experimentó a un Dios misericordioso, introdujo la compasión o la misericordia como el principal principio de acción. Por ello, frente al “Sed santos porque yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo” que regía la espiritualidad de Israel, Jesús se atrevió a proponer “Sed compasivos como vuestro Padre del cielo es compasivo”. El pueblo judío había terminado por concebir la santidad como el resultado del cumplimiento riguroso de una serie de normas y de leyes, sin sensibilidad para ver el dolor de los pobres y excluidos y, en consecuencia, sin atender a sus lamentos ni acudir a remediarlos. Y Dios no quería una religión que excluía a los impuros y pecadores y no se compadecía de los sufrimientos de las víctimas. Dios ama sin excluir a nadie de su misericordia.

La misericordia que Jesús introduce en la historia reclama una manera nueva de relacionarnos con el sufrimiento que hay en el mundo. Jesús está exigiendo que la misericordia penetre más en los fundamentos de la convivencia humana para rescatar a los perdedores y excluidos, de la desesperación y el olvido. Nunca se construirá la vida tal como la quiere Dios si no es liberando a estos hombres y mujeres de su miseria y humillación. La autoridad de los que sufren es la única instancia ante la cual ha colocado Jesús a la humanidad entera. Toda ética ha de tenerla en cuenta, si no quiere convertirse en ética de tolerancia de lo inhumano. Toda religión ha de reconocerla, si no quiere ser negación de lo más sagrado. Toda política ha de tenerla en cuenta si no quiere ser cómplice de crímenes contra la humanidad. Ser misericordiosos como el Padre exige buscar la justicia de Dios, empezando por los últimos.

Es hora de que los cristianos, seguidores de Jesús, hagamos nuestra la misericordia de Dios y tratemos de incorporarla en nuestras vidas. Nuestra tarea no es meramente celebrar cultos y cumplir con los preceptos y prácticas religiosas, sino liberar del mal, sanear la sociedad, ayudar a vivir de un modo más humano. Si es bien cierto que gran parte de las instituciones está en crisis, no lo está Jesús que tiene más vigencia que nunca. El mundo cambiaría radicalmente si la misericordia de Dios se convirtiera en el eje de las culturas, las políticas y las religiones. Jesús sigue prácticamente inédito y puede convertirse en el espíritu que aliente el mundo nuevo. ¿Qué pasaría si los cristianos empezáramos a tomar en serio el evangelio?.

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