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Jesucristo: enólogo, gastrónomo y panadero, por Claudio Nazoa

No soy experto en el estudio y análisis de la Biblia, pero me encantan sus historias. Casi toda la Biblia está escrita en parábolas. Por eso tantas interpretaciones. Las parábolas hacen que la gente, a su manera, descifre un mensaje y aprenda sin que se dé cuenta que está aprendiendo.

Cristo le dio gran importancia a la gastronomía en general, sobre todo al vino y al pan. La relación de Jesús con el vino es sensacional. Eso me acerca a él de una manera espirituosa, en particular cuando descorcho una botella de buen vino.

Laureano Márquez y yo hicimos una gira maravillosa por un país único: Israel. También estuvimos en Belén, Palestina, en el lugar exacto en el que nació Jesús, un niño que cambió la historia y que fue ofrendado con panecillos y vino que trajeron los pastores y los reyes magos.

En Jerusalén visitamos el sitio donde Jesucristo celebró su famosa última cena. Impactante y difícil explicar lo que se siente al entrar en aquel sagrado lugar donde Cristo, sentado en el suelo, comió, bebió y compartió sus últimos alimentos. Allí, levantando su copa, dijo que el vino era su sangre y que el pan era su cuerpo. Imagino que habría también hummus, falafel y tabaquitos rellenos.

Lo que leerán a continuación no es bueno ni malo, pero está en la Biblia. En Isaías, capítulo 56, versículo 12: “…vamos a buscar vino y bebidas fuertes para emborracharnos y hagamos mañana lo mismo que hoy y mucho más aún…”

Esto otro que leerán, ¿a qué se les parece? Juan capítulo 6, versículo 2: “… doscientas monedas de plata no alcanzarían para dar a cada uno un pedazo de pan…”. Había cinco mil personas haciendo cola, cinco panes y dos pescados. Jesús hizo el milagro de multiplicar los panes y los peces. Todos se saciaron e incluso llenaron 12 canastos con los panes que sobraron.

También visitamos Caná de Galilea. Allí ocurrió el milagro que más me gusta. San Juan, capítulo 2, versículo del 1 al 12 (resumo): “Jesús, los discípulos y su madre fueron a una boda en Caná. El vino se había acabado. Había seis tinajas de piedra para el agua. En cada tinaja cabían de 50 a 70 litros de agua. Jesús mandó a llenar de agua las tinajas y convirtió el agua en vino.

¡Si esto pasara en el Guri, tendríamos luz y caña!

Todos tenemos un motivo para acercarnos a Cristo. En mi caso, ante un caballero enólogo, gastrónomo y sibarita, yo no sólo me acerco, también me convertiría en su discípulo número 13. ¡Y que Judas no me venga con vainas!

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