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Hacia una nueva esperanza universitaria, por Dr. Antonio Cova Ríos

L as Universidades oficiales, en particular las autónomas, han recibido toda la acción demoledora del Gobierno que las ha conducido al caos y la ingobernabilidad, con impredecibles consecuencias para su vigencia como instituciones imprescindibles de la sociedad y el país. Aunado a ello, se combina en este proceso de deterioro, su problemática interna, determinado por un modelo agotado tanto académico como gerencial que está colapsando, lo cual debe ser motivo para nuestra preocupación y más aún, para no permanecer como entes pasivos, sino disponernos a ofrecer nuestros mejores aportes para revertir la situación señalada.

No obstante, el estado de deterioro que experimentan las instituciones de educación superior, es una oportunidad para producir en ellas una reingeniería orientada a impulsar un nuevo modelo académico y funcional que esté a tono con los desarrollos que se han estado dando en otras latitudes, en particular en países como Finlandia, Noruega, Suecia, entre otros, cuyos modelos son intensivos en el uso de la tecnología y en criterios de calidad, innovación y emprendimiento.

Si bien esos parámetros son útiles para el diseño de nuestro nuevo modelo que debemos impulsar en el caso de América Latina, no es menos cierto que nuestra problemática, nuestra cultura e idiosincrasia, demandan además el sentido de pertinencia y responsabilidad social, para que ella sea útil en las solución de nuestros problemas específicos, como la pobreza, dependencia, deterioro del ambiente, a cuyo servicio, debemos colocar sus funciones de docencia, investigación y extensión. Otro elemento a considerar en este nuevo modelo que hemos signado como UNIVERSIDAD DE SERVICIO, el cual estamos promoviendo desde LUZ, tiene que ver con los roles a cumplir por profesores y estudiantes. En el caso de los profesores, su rol de facilitador. El dicta-lección quedó atrás. El profesor es el responsable de modelar ese nuevo profesional que egresará, aprovechando al máximo los recursos disponibles en la sociedad del conocimiento, el cual debe orientar y estimular al educando sobre los niveles de profundidad, hacia los cuales debe orientar la adquisición de su conocimiento, para hacerse un profesional altamente competitivo, sin descuidar sus valores y principios, a cuyo apego deberá actuar en el futuro. Esto determinará que el profesor deberá estar actualizado y en permanente formación, para estar acorde con estas nuevas exigencias.

Por otra parte, el estudiante de hoy debe ser el líder de su propio proceso de aprendizaje, bajo la tutoría del profesor, como la manera más eficaz para lograr que, con el conocimiento adquirido pueda innovar y emprender, creándose así una cultura en él, que le llevará a estar atento al desarrollo de nuevos avances en su área de formación y exigir, para su formación de cuarto o quinto nivel, la oferta educativa correspondiente de su universidad. De esta manera se generará una dinámica de evolución permanente, determinado no sólo, por el surgimiento de una nueva cultura a su interior, sino por el necesario intercambio con los centros fundamentales de producción de conocimientos. Por las razones expuestas, los gobiernos deben tratar a las universidades, más como un aliado que como un ente de confrontación, puesto que estas, por su naturaleza, no tienen signo político ni ideológico y por lo tanto son la verdadera esperanza para el progreso y desarrollo de los pueblos.

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