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Eugenio Montoro // Voltaire, otra vez

En anteriores oportunidades hemos publicado artículos sobre Voltaire y sus escritos. El primero titulado con su verdadero nombre, “François-Marie Arouet” y un par dedicado a sus conocidas obras “Cándido” y “Micro megas”.  Pero este bicho y sus anécdotas dan para mucho más.

Una de las épocas más nutritivas en la formación intelectual de Voltaire fue una forzada pasantía en Inglaterra. Ya para 1792 Voltaire era famoso en Francia y por su talento había sido acogido con agrado por la nobleza y era frecuente invitado a cuanto sarao se organizaba. Por los favores de una dama tuvo una seria discusión de un tal De Rohan a quien le dijo “Yo empiezo mi nombre mientras vos acabáis con el vuestro”. El noble ordenó a sus lacayos darle una paliza y Voltaire lo retó a dirimir el asunto en duelo a espada o pistola. El tipo rehusó bajo el argumento de que Voltaire no era de la nobleza y que por tanto no podía rebajarse.

 Lo cierto es que Voltaire andaba por París buscando a De Rohan pidiendo una satisfacción mientras que el mundo de “sangre azul” empezaba a repudiar al brillante pero plebeyo personaje. Se hizo tan molesto que fue encarcelado en la Bastilla durante dos semanas y como seguía exigiendo un duelo se le ofreció la libertad solo si juraba exiliarse. Así fue y Voltaire vino a parar a Londres donde permanecería dos años y medio.

A las malas, vino Voltaire a darse cuenta de la distancia creada entre los privilegiados de la nobleza, el clero y la plebe. La ley era desigual y de allí en adelante se convertiría en gran defensor del derecho a una justicia universal y de la igualdad de las personas ante la ley.

En Londres se acerca a la teoría newtoniana, al empirismo y a la organización de las instituciones inglesas. Su fama previa y sus nuevas relaciones le dan el privilegio de ser invitado especial al entierro de Isaac Newton en la abadía de Westminster. También viene a saborear la filosofía de John Locke y se sorprende de la gran tolerancia a la variedad religiosa de los ingleses. Aprende inglés y en su entusiasmo hasta le escribe a alguien “Ojalá imitemos a los ingleses, que son desde hace cien años el pueblo más sabio y más libre de la tierra”.

Voltaire regresa a Francia con el propósito de hacer dinero para su futuro cosa que logra con buen éxito con varios negocios, pero va a seguir siendo un personaje cuestionador y molesto para las élites. Uno de sus flancos preferidos viene a ser la religión, Voltaire no es ateo (el reloj supone al relojero y el universo supone al eterno geómetra), pero no cree en la intervención divina en los asuntos humanos. Fue un gigantesco dolor de cabeza para la Iglesia Católica, según él, un símbolo perfecto de la intolerancia y la injusticia. Viene a convertirse como una especie de líder y modelo de lo liberal y anticlerical y en la pesadilla de los religiosos de cualquier tipo.

Casi toda la obra de Voltaire es un recio combate contra el fanatismo que es, según sus palabras, “una enfermedad que se adquiere como la viruela”. Criticó al islamismo y al judaísmo con similares argumentos y, si consideramos la mucha influencia que la religión tenía en aquellos tiempos sobre los mandatarios y el poder, debemos reconocer la espeluznante temeridad y coraje de Voltaire.

El fanatismo nos afecta a todos y en casi todos los casos se refieren a verdades que no tienen forma de probarse. Hoy nadie es fanático sobre la rotación de la tierra alrededor del sol pues es una verdad comprobable, pero en tiempos de Copérnico y Galileo esta afirmación fue combatida terriblemente por los fanáticos que, sin tener buena información, defendían que la tierra era el centro de la creación.

Algunos son fanáticos del futbol alemán y otros del futbol brasilero y podrán serlo mientras no exista una verdad absoluta. Cuando, por ejemplo, los alemanes ganen todos los juegos se terminará el fanatismo.

En política sucede lo mismo, podemos ser fanáticos de partidos y formas de gobierno mientras exista la incertidumbre. El socialismo y el comunismo tienen partidarios de ser la mejor forma de gobierno, pero también los liberales y capitalistas lo creen y el problema es que ambos viven en el mismo planeta.

El fanatismo enceguece a la razón y origina conflictos de todo tipo con opiniones disímiles sobre el mismo tema. Por ejemplo, si estamos en Venezuela y hablamos sobre el tema del suministro eléctrico a las poblaciones, un grupo dirá que el servicio es malo por falta de buena gerencia e inversiones y el otro grupo dirá que se invirtieron 40 mil millones de dólares y que el servicio es accesible a todos a muy bajos precios pero que los opositores lo sabotean. Si discutimos sobre la gasolina y su escasez unos dirán que las refinerías se descuidaron y el otro grupo se defenderá diciendo que la escasez es producto de las injustificadas sanciones que se le han impuesto al país.

No es fácil evitar la discusión fanática pues a todos nos gusta tener la razón, pero tal vez nos ayudaría a resolver muchas cosas. Probablemente dejaríamos de defendernos y empezaríamos a componer. La negociación en México y sus resultados serán un buen termómetro de fanatismo.

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