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Eugenio Montoro // Lo cuántico, los años luz y el portugués de la esquina

A medida que leemos y tratamos de aprender algo sobre el mundo de lo infinitamente pequeño, menos lo entendemos. Allí, en el llamado mundo cuántico, nada se parece al nuestro y casi todos son locuras. Si pudiéramos hacer un viaje imaginario a esos confines veríamos a unos tipos que aparecen y desaparecen cuando les da la gana. Que los carros andan tan rápido que ni se ven, Que por todas partes hay explosiones que destruyen todo y más adelante aparecen como si nada hubiera pasado. Que si mueves una mano tienes a un morocho que la mueve igual, aunque ni se vean de lo lejos que están y que puedes estar muerto y vivo al mismo tiempo.

Pero si vamos al otro lado y queremos conocer algo de lo infinitamente extenso, pues no nos va a ir mejor. Las distancias entre las cosas que allí están son incomprensibles. ¿Qué distancia son diez mil millones de años luz? Las infinitas estrellas y planetas, las galaxias expandiéndose a velocidades asombrosas, explosiones a cada momento, aparición de nuevas estrellas. Frente a esa inmensidad, nuestro planeta es un mini grano de polvo, un casi nada. Tan es así que, si por alguna razón la tierra desapareciera por completo, sería un acontecimiento sin importancia alguna para el universo. Las preguntas de que si esta inconcebible extensión llena de cuerpos celestes es eterna e infinita siguen sin respuesta.

Y en medio del misterio entre de lo infinitamente pequeño y lo infinitamente extenso estamos nosotros. Nosotros, que somos una casualidad del universo para el no creyente, un acto de vida y amor para el religioso y un mejor no opino un carajo para el agnóstico. Por fortuna nuestra existencia, en su cotidianidad, no está muy preocupada por las preguntas mayores y le hemos dejado esa tarea a los buenos pensadores para que algún día nos digan quienes somos, de dónde venimos, qué debemos hacer y hacia dónde vamos.

Pero no por olvidarnos de las preguntas grandes nuestra vida es simple, todo lo contrario. Con ese motor cerebral que no se detiene y le encanta inventar, los humanos hemos venido solucionando cada cosa que nos disgusta y fabricando cosas nuevas que nos gustan. Y como no nos gustaba pasar hambre inventamos métodos agrícolas muy eficientes y como tampoco nos gustaba estar enfermos ni morir temprano inventamos vacunas, medicamentos y procedimientos médicos cuyo resultado fue que la población empezó a crecer de manera exponencial. Hoy somos 7.500 millones de personas y en el año 2050 seremos 10.000 millones.

A punta de inventos, la calidad de vida de los humanos mejoró mucho y con ello la pobreza ha pasado a tener los niveles más bajos de nuestra historia. Esto quizás sorprenda a algunos pues usualmente los amarillistas gustan de amplificar las tragedias de los millones de pobres que aún quedan, pero lo cierto es que, si su número se compara con los que teníamos en la edad media, estos son menores.

En nuestro terruño nos ha pasado al revés. Mientras el mundo se llena de nuevas cosas y vence lo malo, en Venezuela nos llenamos de miseria y dificultades. Hasta la figura popular de los años 60 del siglo pasado “el portugués de la esquina” ha sido reemplaza por vergonzosas bolsas de comida. “El portugués de la esquina” fue un símbolo de prosperidad en nuestro país. Mucho trabajo y desarrollo había y el gobierno de aquel entonces abrió las puertas a la inmigración. Miles de italianos, españoles, portugueses, alemanes y otros vinieron y se quedaron para siempre. La economía florecía y los portugueses pusieron abastos en muchísimos lugares de la pujante Caracas de manera que casi en cada cuadra o cerca había un abasto donde la gente iba a comprar diariamente los ingredientes para las comidas al mejor estilo francés.  

Hoy, en nuestro país, nos inunda la tristeza. Si en el planeta la pobreza baja, aquí sube. Si en todas partes hay gasolina, aquí, en un país petrolero no hay. Si en todas partes la electricidad es famosa por su calidad de suministro, en Venezuela es noticia diaria por los apagones. Si los índices de desempleo en la mayoría de los países son discretos, por aquí se marcan récords por lo alto.

Esta idiotez del destino que le ha pasado a nuestro país debe terminar. Hay que volver al mundo civilizado. Ese que tiene las preguntas gordas sin respuestas racionales, pero que ha sabido aprovechar el milagro de la vida para construirse un ámbito lo más agradable posible. Es casi ridículo que nuestro país camine como un carro en retroceso mientras pasan adelante los autos de lo moderno.

Quizás ya no tengamos al apreciado portugués de la esquina, pero si debemos volver a tener el fruto de nuestro trabajo honrado, que nos permita vivir bien y con alegría.

Para eso, es necesario salir de este régimen y en eso andamos.

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