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El nombre de Dios es Misericordia, por Ángel Rafael Lombardi Boscán

“Dios es amor.” (1 Juan 4:8.). Y esto es algo inapelable. El amor como dique al odio, el amor como compromiso de vida ante las iniquidades de la existencia. Jesús y su evangelio es el proyecto de una mente radical, una propuesta underground que inexplicablemente ha terminado de triunfar institucionalmente en el mundo bajo la impronta del catolicismo como Iglesia con unos adeptos que sobrepasan los 1.200 millones de seguidores. Sólo en nuestro país el 96 % de la población es católica.

El papa Francisco, un Papa cercano a nuestra idiosincrasia por ser argentino, ha declarado este año 2016 como el año de la Misericordia. ¿Qué representa esto? “Etimológicamente, misericordia significa abrir el corazón al miserable”. En atención a una “humanidad herida” conformada por un ejército de pecadores los cuales requieren del arrepentimiento y de un perdón sincero. Dios lo perdona todo, somos nosotros los hombres, los que no sabemos perdonar.

Pecadores sí, corruptos no. “El corrupto está tan encerrado y saciado en la satisfacción de su autosuficiencia que no se deja cuestionar por nada ni por nadie. Ha construido una autoestima que se basa en actitudes fraudulentas: pasa la vida en mitad de los atajos del oportunismo, a expensa de su propia dignidad y de la de los demás”. “El corrupto no conoce la humildad, no se considera necesitado de ayuda y lleva una doble vida”. En la Venezuela cataclísmica de hoy, donde los escándalos de corrupción salpican a toda la nomenclatura en el Poder, sin que por ello se sancione a nadie, la prédica de la misericordia carece de eco.

Hoy me decía, en la panadería a la que fui, un joven de 19 años que hacía de charcutero, que él tenía fe y que confiaba en que todo éste desastre que estamos padeciendo finalmente remitirá. Quedé sorprendido porque mi desasosiego es inmenso. Recurro una vez más al Papa Francisco en apoyo a la fortaleza de convicción de una juventud estudiosa y trabajadora que a pesar de la adversidad aún tiene arrestos para creer. “La fragilidad de los tiempos en que vivimos es también esta: creer que no existe posibilidad alguna de rescate, una mano que te levanta, un abrazo que te salva, que te perdona, que te inunda de un amor infinito, paciente, indulgente; te vuelve a poner en el camino. Necesitamos misericordia”.

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