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El legado Betancourt, por León Sarcos

Con menos caracteres que el límite impuesto al contenido de un tuiter, podría definir el contenido del título de este breve artículo: Grandeza. Y con eso que a estas alturas de mi vida pocas cosas me asombran o me seducen: solo el silencio, el arte onírico y la belleza de alma de contados seres humanos.

Sí me animan y estimulan, como buen cultivador del género biográfico, la personalidad y obra de algunos inmortales, al punto de llegar a exaltarlos con emotiva vitalidad y honroso verbo, pero también siento casi como un deber ciudadano la necesidad de ayudar a abrirles camino a aquellos con visión y potencialidades para que sea la historia quien juzgue la transparencia de sus intenciones y la dimensión de sus logros. No otra cosa persigo sin mezquindades: servir de promotor de los mejores.

En un modesto hogar de clase media, fundado por su padre, un comerciante de origen español nacido en las Islas Canarias, Luís Magín Betancourt García, y su madre, Virginia Bello Milano, venezolana, nace en Guatire, población del Estado Miranda, Rómulo Betancourt Bello, el 22 de Febrero de 1908. Será el segundo de los tres hijos que junto a María Teresa, la mayor, y Elena integran con sus padres la familia Betancourt-Bello.

Dos enseñanzas primordiales del hogar se grabaran para siempre en la mente y en la conducta del joven Betancourt. La primera, no practicar por ninguna razón los juegos de envite y azar. La segunda, un rechazo total a la viveza criolla, que se traduce en el apego al dinero obtenido fácilmente, especialmente los dineros públicos. No hay duda, y dificulto que sus adversarios y hasta sus más férreos enemigos se atrevan a desconocer o a poner en duda, el inmenso legado institucional, político y ético que Rómulo Betancourt ha dejado en la historia. El historiador Germán Carrera Damas ha dicho que (…) el inmenso significado histórico de la personalidad de Rómulo Betancourt consiste en haber reunido, en el curso de una vida de tenaz militancia democrática y creativa convicción, las potencias intelectuales y espirituales requeridas para sintetizar en el suyo, el pensamiento y los sacrificios de quienes dentro del país y en el exilio, en Venezuela y en toda Hispanoamérica, buscaron el camino hacia la libertad luchando contra la dictadura, hasta llegar a formular las bases doctrinarias y los criterios estratégicos de los instrumentos organizativos necesarios para la fundación de la República Liberal Democrática en Venezuela. No dudo en llamarlo el padre de la democracia moderna en Venezuela; o, si se pre ere, de “la Democracia venezolana”.

Rómulo Betancourt tendrá el mérito de ser el gran artífice (junto a Caldera y a Villalba) y creador de la democracia liberal venezolana; el fundador del principal de los partidos políticos modernos en el país, Acción Democrática; y el paradigma de la integridad y la ética en el ejercicio de la función pública. En Rómulo Betancourt se conjugaron todas las facultades y virtudes de las que habló el General De Gaulle en su libro, Al filo de la espada, para trascender su tiempo como el líder nacional más importante e influyente del siglo pasado y hasta el presente en Venezuela y, estoy convencido, en América Latina: combinación equilibrada y consistente de intuición e inteligencia que le dará presciencia. Además, el líder ha de agregar otras tres cualidades más concretas: misterio, carácter y grandeza, y yo agregaría otra tan o más importante que las otras tres, que de seguro De Gaulle daba por descontada, pero que en nuestra cultura resulta imprescindible mencionar: una impecable condición ética.

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