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El antídoto de la tentación populista por Manuel Ocando

El populismo no es una doctrina, es una propuesta política oportunista que pretende tomar ventaja de las instituciones democráticas para acceder al ejercicio del poder. Conformado por una estrategia de “personalidades” obsesivas que explotan los sentimientos de la gente, inducidos por la sobre exaltación de los con ictos sociales como la desigualdad, la injusticia y carencia de oportunidades para polarizar y enfrentar a la sociedad, culpando a unos de las carencias de otros, convirtiéndose en la peor adulteración de la democracia.

Los populistas implementan políticas que hacen a un lado las leyes y normas constitucionales para aparentar favorecer a la población, no pagar la deuda externa, nacionalizaciones escénicas, creación de antagonismos contra los actores empresariales y la satanización del mecanismo de libre mercado, para favorecer las propuestas del dirigente populista. Rudiger Domsbuch, eminente economistas del MIT de Massachusetts, en su conocida obra “Macroeconomía del Populismo en la América Latina”, sostiene que el destino de las políticas populistas es el fracaso.

Este descalabro siempre produce estragos en la economía y un costo mayor para la sociedad que supuestamente se pretende beneficiar. Los gobiernos populistas crean ilusiones, es decir, primero prometen elevar la producción y los salarios; sus políticas macroeconómicas aparentan marchar correctamente mientras dilapidan el producto de la exportación de materias primas o del endeudamiento con el exterior.

Sin embargo, casi de inmediato, ante el hostigamiento al sector privado por parte del Estado y la vulnerabilidad de los derechos de propiedad, surge la insuficiencia de bienes al matar las empresas, los capitales se fugan, cae la recaudación, la inestabilidad se generaliza y el odio social se agrava, por lo que la economía como un todo se colapsa.

En Venezuela, el chavismo posee las características clásicas del populismo latinoamericano: el clientelismo, el patrimonialismo y la corrupción generalizada, como mecanismos fundamentales para el control de las masas.

El populismo del Chavismo se ha dedicado a sembrar el odio social, no entendiendo que nadie representa un mayor riesgo para una Nación que aquel que se esmera en dividir a sus connacionales, realizando acciones para fragmentarla.

Los países han vivido en diferentes latitudes del mundo circunstancias en las cuales el populismo, los han llevado a la desgracia y al fracaso. Como se ha observado en los gobiernos populistas de América Latina, basta con repasar históricamente lo que ha sucedido en Argentina y Venezuela.

No es casualidad que la persistencia del régimen populista venezolano y argentino, hayan ubicado a estos países como el primero y segundo lugares en el índice de miseria en la económica global. Tales experiencias muestran que sus políticas son la antítesis de una política económica responsable, ejercida por un gobierno democrático.

Barack Obama, uno de los presidentes más exitoso que ha tenido los Estados Unidos, ha advertido en su reciente visita a España, a Mariano Rajoy, “que la desigualdad alimenta al populismo”. Tras mostrarse partidario del libre comercio, ha insistido en que este debe ir acompañado de políticas que aborden la desigualdad, mediante “sueldos justos” y “sistemas de bienestar social”.

Particularmente estoy convencido que una política responsable conlleva a la superación de la tentación populista. Por eso, se postula como antídoto una política económica responsable: crecimiento, desarrollo y mejora en la distribución de la riqueza en forma exitosa y continuada.

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