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Douglas Zabala // La ayudaita de Colón

A propósito de la conquista española hace 529 años

Sabías que. Todo este enredo y que, del descubrimiento, tuvo su origen en aquella carta pidiendo ayuda, que un buen día les hizo llegar a los reyes de España, el italiano genovés Cristoforo Colombo, mejor conocido por estas tierras como Cristóbal Colón, quien extraviado como andaba, pensaba que iría a parar a las indias y no a estos lares de guacamayas, maíz, chicha y bellas mujeres.

Colón y sus aventureros como bue encantador de serpientes convencen a los reyes. Arrancó su periplo y de inmediato comenzó a narrar en su diario de marinero, cómo fue que descubrió lo ya descubierto por nuestros primeros pobladores, mucho antes de que sus dioses, en la biblia echaran el cuento de Andan y Eva.

“Y partí del dicho Puerto muy abastecido a tres días del mes de agosto del dicho año 1492, antes de la salida del sol con media hora, y llevé el camino de las islas de Canarias para de allí navegar tanto, que yo llegase a las Indias, y dar la embajada de Vuestras Altezas a aquellos Príncipes y cumplir lo que así me habían mandado, y para esto pensé de escribir todo este viaje muy puntualmente, como adelante se verá”.

Lo que más a delante de verdad se vio y, que Colón nunca alcanzó a ver, después que los Reyes de España le echaron la ayudaíta para descubrir que había por estos lados del mundo, fue lo denunciado por nuestro libertador Simón Bolívar en su carta de Jamaica 323 años después:

“Tres siglos hace —dice Vd.— que empezaron las barbaridades que los españoles cometieron en el grande hemisferio de Colón. Barbaridades que la presente edad ha rechazado como fabulosas, porque parecen superiores a la perversidad humana; y jamás serían creídas por los críticos modernos si constantes y repetidos documentos no testificasen estas infaustas verdades”.

“El filantrópico Obispo de Chiapas, el Apóstol de la América, Las Casas, ha dejado a la posteridad una breve relación de ellas, extractadas de las sumarias que siguieron en Sevilla a los conquistadores, con el testimonio de cuantas personas respetables había entonces en el Nuevo Mundo, y con los procesos mismos que los tiranos se hicieron entre sí, como consta por los más sublimes historiadores de aquel tiempo”.

“Todos los imparciales han hecho justicia al celo, verdad y virtudes de aquel amigo de la humanidad, que con tanto fervor y firmeza denunció ante su gobierno y contemporáneos los actos más horrorosos de un frenesí sanguinario”. Este es otro saber republicano.

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