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Descaro, por Julio Portillo

Fue Aristóteles quien, en Grecia, planteó por primera vez la existencia de tres poderes: ejecutivo, judicial y legislativo. Pero fue Montesquieu en los días de la Revolución Francesa, quien nos enseñó que si cierto era que existían esos tres poderes, los mismos debían estar separados, ejercidos por personas distintas y perfectamente autónomos, porque de lo contrario no estábamos en una democracia sino en una tiranía.

Eso lo practican en el mundo de hoy todas las democracias de los países y solo en países como Nicaragua, Cuba, Venezuela, Corea del Norte, China y algunos países africanos no sucede. El ejemplo más próximo de que eso funciona ha sido Brasil y Estados Unidos.

Nicolás Maduro, el torvo dictador que manda este país, fue al Tribunal Supremo de Justicia y en un palabrerío descarado les dijo a los magistrados que ese es el poder más autónomo que había existido en la historia de Venezuela. No hay palabras para calificar aquella mentira que asciende en escala a un descaro, una insolencia y una falta de respeto a la institución.

Estas cosas no pueden pasar inadvertidas porque tenemos que escribir para la historia y las futuras generaciones revisarán estos textos, para adquirir una dimensión del momento de desvergüenza que vivía el país. Aquello de Maduro no era sinceridad, que como dice Quevedo esta virtud es madre de la verdad, se trataba de una desvergüenza del que funge como jefe del Estado.

No podemos tener condescendencia de ningún género con la imbecilidad y la perversión. Maduro desde que asumió el mando no ha evolucionado, cada vez más práctica el descaro. En ese acto de besamanos de unos magistrados frívolos, aduladores, serviles, algunos de ellos sin méritos para vestir la toga, por falta de conocimientos jurídicos, por acusaciones de delitos cometidos, prometió Maduro crear unos Comités de Justicia Popular.

De la misma manera entonces que se pretende sustituir a la Asamblea Legislativa por una Asamblea del Pueblo, ahora se nos anuncia que se va en camino de crear Tribunales Populares, que a la manera de aquellos que creó Fidel Castro al inicio de la revolución cubana llevaban al paredón a sus enemigos políticos. O los del Khmer Rojo de Camboya en 1985 que martirizaron a ese pueblo asiático. Qué duro la van a pasar esos “magistrados” del Tribunal Supremo de Justicia cuando acabe la dictadura, saldrán en estampida hacia a los aeropuertos o por las trochas sino los agarran primero las turbas, víctimas de las sentencias que produjeron para agradar al régimen.

Pronto comenzará a escribirse el libro de los años del oprobio, de una justicia simulada, de una nación con un “tribunal constitucional” que hizo la justicia y el derecho a imagen del dictador, fueron sentencias impías. Por eso es bueno recordar a Cicerón que dice “Hacer depender la justicia de las conveniencias humanas es destruir toda la moral de una nación”.

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