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¡Contemplen, contemplen!, por Jaime Kelly

Se cuenta la historia de un famoso pintor, que un día recibió una inesperada visita. “Estimado y célebre artista, el Obispo y sus consejeros han ponderado su arte y desean proponerle a usted, que tenga a bien ejecutar una pintura en la Capilla de la ‘Reconciliación’ de nuestra Catedral Metropolitana”. Prosiguió el portavoz: “Estamos seguros de que será una creación extraordinaria. Acepte un consejo: antes de poner manos a la obra, observe a la gente antes y después de su confesión y haga usted mucha oración”. El pintor acotó: “¡No sé si soy digno!”. Pero, aceptó.

Terminada la obra, llegó el día de la bendición de la pintura. El velo se corrió ante las máximas autoridades religiosas y los fieles. ¡Dios mío!, exclamaron todos al unísono. Un feligrés exclamó algo consternado: “…¡Pero, si Jesús está movido…!”. Todos miraron al pintor como esperando una explicación, quien con estoica serenidad defendió su obra: “Que Jesús esté movido es culpa suya. Sí, porque Él escucha los pecados sentado en su Trono de Justicia e inmediatamente se levanta para sentarse en su Trono de Misericordia… y no da tiempo a pintarlo quieto”. Otro feligrés dijo: “Además, ¡está mal hecho!” y de nuevo se defendió el artista: “¡De eso, nada! La culpa la tiene Jesús. Él tiene un brazo el doble de largo que el otro”. Y para mayor precisión concluyó: “¡Contemplen, Contemplen!. El brazo más largo es el de la Misericordia, casi el doble que el otro, el de la Justicia…”. Todos sonrieron en señal de aprobación y satisfacción, pues les había dado una gran lección.

En la enseñanza del pintor, se une la Misericordia y la Justicia, porque la Misericordia no es negación de la Justicia, sino su necesario complemento. Busquemos la Misericordia de Dios, pero también seamos compasivos y misericordiosos, pues nos dice la Palabra: “Habrá juicio sin misericordia para quien no ha sido misericordioso, mientras que la Misericordia no tiene miedo al juicio”. (Sntgo 2,13).

Celebraremos el día de la Divina Misericordia y recordando las palabras que Jesús le dijo a Sor Faustina: “Que se acerquen a ese mar de Misericordia con gran confianza. Los pecadores obtendrán la justificación y los justos serán fortalecidos en el bien”. Hermanos, hemos de mirar y acercarnos con gran confianza al Trono de la Misericordia, donde está sentado Jesús, para que a través de Él podamos llegar con toda confianza al Padre.

En el inmenso océano de la Misericordia de Dios podemos sumergirnos en esa unión de Gracia de Agua y Sangre que brotó de su costado abierto. “Pero al llegar a Jesús, vieron que ya estaba muerto, y no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados le abrió el costado con la lanza y al instante salió sangre y agua” (Jn 19, 33- 34).

Como nos dice el Papa Francisco: “Siempre tenemos necesidad de contemplar el misterio de la Misericordia de Dios, pues es fuente de alegría, de serenidad y de paz. Sumerjámonos en el manantial de su Misericordia para llenarnos de su PAZ, de su Amor y de Esperanza. Este tiempo Pascual es tiempo de esperanza, de mantenernos firmes en la Fe, en la confianza que creemos en un Dios que Vive, que está en medio de nosotros, que camina con nosotros, que se ha quedado con nosotros y que le reconocemos en la Eucaristía, presencia real de Jesús que nos da vida, que nos fortalece.

Unidos oremos a Jesús, Divina Misericordia, por nuestra vida, nuestra familia, por nuestra Iglesia, por nuestra querida Venezuela, diciéndole: Jesús en ti Confío.

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