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Cómo reconstruir un país, por María Guadalupe Núñez

En Venezuela, la sociedad se ha dividido en fragmentos, producidos por un régimen que ha logrado desunirnos y enfrentarnos para gobernar sin límites. Son los “compartimentos” mentales, institucionales, políticos y sociales que describe el sociólogo holandés Abram de Swaan en su artículo Dividir para matar’: de cómo un Estado puede cometer un genocidio (Revista Arcadia, 2016).

Es obvio que en el país no hay genocidio en toda la regla; pero es innegable que toda la doctrina de la “Revolución” tiene matices que podrían ser considerados como comportamiento genocida. De Swaan sostiene que “los perpetradores (…) Es gente que toma elecciones racionales, que crea cotidianidades en torno a la barbarie, que tras el baño de sangre retorna a su vida con la complicidad del Estado”.

Las OLP y los variopintos grupos criminales adeptos al Gobierno o de la sociedad civil, están inscritos en esa conducta; como también las arengas para incitar al odio, la exclusión de los disidentes y la persecución de la prensa y los políticos que nadan contracorriente, pero ¿por qué se han instalado esas conductas? De Swaan responde que los comportamientos genocidas dependen de cómo una sociedad ha construido su identidad colectiva. Las divisiones (…) «se solidifican según el momento histórico y el Gobierno de turno, al punto que penetran todos los niveles de una sociedad».

El régimen ha creado todo un mundo de corrupción, de complicidades, que abarca todos los estratos sociales e institucionales lo cual aunado a la aplicación de controles ha destrozado el orgullo nacional y dado la falsa idea de que no hay fuerza que lo detenga. No obstante, con el emponderamiento a la población para que tenga confianza en su lucha y se una, puede ponerse fin al proceso acelerado de depauperación del país; a pesar del impacto negativo que puede tener el éxodo de quienes hacen uso de su derecho a establecerse en otra Nación.

Este proceso de rescate es llevado a cabo por varias instituciones que ejecutan acciones dispersas, sin cohesión ni coordinación entre ellas. En este punto, la Universidad, con sus moles y bemoles, tiene que ser la bisagra que articule el complejo andamiaje estructurado en la idea de cambio, más allá de sus funciones esenciales. Es configurar un futuro que trascienda el aquí y el ahora gubernamental. Lograrlo no es un imposible para un pueblo decidido y hastiado de un régimen autoritario, inefectivo y corrupto que ha hecho de la venalidad de políticos, jueces, militares y todo el aparato gubernamental, su modo de vida.

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