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Antonio Urdaneta Aguirre // Experiencia nazicomunista

Quizás es demasiado corto el tiempo para determinar con exactitud lo que sucedió en Venezuela en las postrimerías del siglo XX; pero hay episodios tan recientes que es difícil olvidarlos. Uno de ellos es el proceso electoral presidencial de 1988, en el cual resultó triunfador el señor Carlos Andrés Pérez, líder del partido político Acción Democrática. A estas alturas podría pensarse que el mismo día de ese acontecimiento democrático, se juntaron todos los enemigos del victorioso dirigente y juraron ejecutar el fusilamiento político de Pérez, de su partido y de la democracia.

Los hechos ulteriores apuntalan esa verdad que muchos callan por temor o por conveniencia. El “Caracazo”, promovido y planificado por quienes nunca ganaron una elección importante; las asonadas militares del 4 de febrero y el 27 de noviembre de 1992, y el enjuiciamiento del Presidente Pérez y su inmediata destitución, cinco eventos continuos, todos ellos con un ensañamiento poco común, hablan por sí solos del nefasto propósito de los conjurados contra la democracia. Se puede afirmar, sin equívocos posibles, que desde 1988 se planeó, incluso con el concurso de supuestos demócratas, el asesinato de la democracia en Venezuela.

En 1993 continúa la ruta hacia el asesinato de la democracia. Los mismos factores que se asociaron para liquidar políticamente a Carlos Andrés Pérez, se nuclearon alrededor del Dr. Rafael Caldera, quien, ante el compromiso que posiblemente habría adquirido desde 1988, decidió abandonar el partido COPEI del cual fue padre y fundador, para ponerse al frente de una coalición de pequeños movimientos partidistas, calificado entonces como el “Chiripero”. Por supuesto, la campaña de esa alianza estuvo orientada, fundamentalmente, a destruir a las dos organizaciones políticas que, hasta ese momento, fueron los verdaderos pilares del sistema democrático, Acción Democrática y COPEI. ¡Todo estaba servido para garantizar, en el menor tiempo posible, los funerales de la democracia!

Caldera ganó las elecciones y ocupó, por segunda vez, el palacio de Miraflores. Para resumir lo que sucedió después, basta señalar dos hechos dirigidos, con premeditación y alevosía, a consumar el mayor crimen político del siglo XX, como fue darle muerte a la democracia. El primer paso dado por el presidente Caldera, se materializó con la libertad plena, incluso con todos sus derechos, de los militares y civiles que estuvieron involucrados en los acontecimientos golpistas de 1989 y 1992. Entre ellos Hugo Chávez, quien encabezó las asonadas militares, cuyo crimen ameritaba hasta 30 años de prisión. El segundo paso tuvo más efecto mortal para la democracia: Caldera orientó su gestión, quizás con toda su mala intención, hacia el caos; de este modo el pueblo terminó desencantándose de la democracia. ¡Buen trabajo para los fines que el “Chiripero” perseguía!

Cumplido el nefasto propósito de Caldera, el terreno quedó bien abonado para que el golpista perdonado sembrara mejor su odio contra el sistema. Sin mucho esfuerzo ganó las elecciones de 1998 y, en vez de convertirse en el noveno Presidente de la República, prefirió erigirse como sepulturero de la Democracia. Así comenzó un régimen político de corte fascista que se consolidó poco después como la primera experiencia nazicomunista del mundo, hasta el día de hoy. ¡Los resultados están a la vista, después del vil asesinato de la democracia!

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