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Antonio Pérez Esclarín // Educación crítica

Frente a la colonización creciente de las mentes, la pretensión de imponernos  la dictadura del pensamiento único, los intentos de manipular nuestras vidas y la proliferación descarada y sin control de bulos, falsedades y mentiras,   necesitamos promover con insistencia  la pedagogía crítica, tanto en la educación presencial como en la  virtual.  Pedagogía que nos ayude a entender mejor el mundo, nuestra vida personal, el sentido de nuestras preocupaciones y atribulaciones, la necesidad de la esperanza y, sobre todo, la vivencia concreta del amor, de la sabiduría, del cuidado y de la compasión.  La gente pide recetas, cuando lo que necesitamos es ideas. Bertrand Russell decía que “el ser humano le teme al pensamiento más que a otra cosa”. A su vez, Unamuno solía decir que muchos utilizan la cabeza como los toros: no para pensar, sino para embestir. Pensar supone esfuerzo, silencio, reflexión, lectura y conversación con gente interesante. Para conversaciones triviales, ya tenemos  el washap.  De ahí que si Descartes construyó su sistema filosófico sobre el pensamiento con el famoso principio “Pienso, luego existo”, hoy se va generalizando  el “Pienso, luego estorbo”.

La pedagogía crítica necesita  educadores que estimulen la pregunta, la reflexión crítica sobre las  preguntas,  para superar el  sinsentido de una educación que exige respuestas a preguntas que no interesan. Educadores que promueven el análisis crítico de discursos,  normas,  propuestas  y hechos;  de las actitudes autoritarias y dogmáticas,  tanto de la realidad  escolar como de la problemática nacional y mundial, que capacitan para reconstruir y reinventar el mundo. Análisis crítico que no acepta la “normalidad” de un mundo inhumano y se hace denuncia  valiente de todo lo que atenta contra la vida, de todas las injusticias, las falsedades, las mnipulaciones, las mentiras.

En palabras de  Paulo Freire, ese gran pedagogo brasileño, necesitamos de un “radicalismo crítico que combate los sectarismos siempre castradores, la pretensión de poseer la verdad, la arrogancia, el autoritarismo de dirigentes e intelectuales de izquierda o de derecha, en el fondo profundamente  reaccionarios, intolerantes,  iguales en su capacidad de odiar lo diferente”.

El derecho a criticar supone, como también  lo expresa  Freire, “el deber, al criticar, de no faltar a la verdad para apoyar nuestra crítica; supone  aceptar las críticas de los demás cuando son objetivas y supone, sobre todo, el deber de no mentir. Podemos equivocarnos; mentir nunca. No podemos criticar por pura envidia, por rabia o sencillamente, para hacerme notar”. No hay peor esclavitud que la mentira; ella oprime,  impide salir de sí mismo. No hay nada más despreciable que la elocuencia de una persona que no dice la verdad.  Hay que liberar la conciencia diciendo siempre la verdad. Es preferible molestar con la verdad que complacer con adulaciones. Como decía Amado Nervo, “el signo más evidente de que se ha encontrado la verdad es la paz interior” o, como decía Jesús “La verdad les hará libres”. Nos libera de nuestro orgullo y egoísmo,  nos vuelve humildes. Nadie supera sus flaquezas si no comienza por reconocerlas. En palabras de Pascal, “la grandeza de un hombre consiste en reconocer su propia pequeñez”.

Educar es enseñar a pensar con libertad y a ser fieles a la propia conciencia; es enseñar a argumentar, a defender las propias ideas y a respetar las de los demás.

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